A los pies del Monte Fuji, Toyota lleva años construyendo una ciudad entera diseñada desde cero para probar sus inventos del futuro. Se llama Woven City, y ya tiene sus primeros habitantes. Y es que si bien a la ciudad no le falta un ápice de tecnología, vivir allí pasa también por dar ciertas concesiones en materia de privacidad. Bajo estas líneas te contamos todos los detalles.
Por qué existe esto. En el CES de 2020, el entonces CEO de Toyota, Akio Toyoda, anunció que la compañía iba a construir una ciudad-laboratorio sobre los terrenos de una antigua fábrica en Susono, en la prefectura japonesa de Shizuoka. La idea no era hacer otro campus corporativo más, sino levantar un entorno urbano real donde ingenieros, investigadores y residentes convivieran y probaran tecnologías avanzadas de movilidad, robótica, inteligencia artificial y sostenibilidad.
El proyecto, desarrollado bajo la filial Woven by Toyota, ha costado unos 10.000 millones de dólares, según cuentan desde Ars Technica, y sus primeros habitantes llegaron hace apenas unos meses.
En detalle. Woven City tiene, de momento, unos 100 residentes seleccionados a mano, a los que llaman internamente Weavers. Son empleados de Toyota y personas elegidas por su perfil tecnológico. Viven en apartamentos de estilo japandi (fusión entre lo nórdico y lo japonés) equipados con robótica doméstica y sistemas de monitorización de salud.
La ciudad está alimentada por paneles solares en los tejados y celdas de combustible de hidrógeno, y sus calles están diseñadas en tres categorías según la velocidad de los vehículos: vías rápidas, zonas de movilidad personal y áreas exclusivamente peatonales. Cuando esté completada, la superficie total será de unos 294.000 metros cuadrados, aunque ahora mismo solo está operativo alrededor del 10% del espacio previsto.


Lo que se prueba allí. Los residentes actúan como beta testers de una lista variopinta de proyectos: desde sistemas de karaoke con IA que eligen canciones según el estado de ánimo hasta un sistema de climatización capaz de eliminar el 95% del polen del ambiente, algo relevante en un país donde la mitad de la población sufre alergia. También se prueban robots de reparto, triciclos o, tal y como apunta el medio, el Guide Mobi, un vehículo autónomo que actúa como remolcador digital para sacar los coches del garaje y llevarlos hasta sus dueños sin que el conductor tenga que moverse.
Según cuentan desde Ars Technica, el 98% de los residentes ha dado permiso para que un robot con cámaras opere dentro de sus propios hogares.
Aquí viene el problema. Para que todo esto funcione, Woven City está llena de cámaras. Muchas. Según el medio, se podían contar hasta ocho cámaras en una sola intersección, y decenas más repartidas por techos de edificios, espacios comunes e incluso la pequeña cafetería del lugar. Toda esa red de imágenes alimenta lo que Toyota llama el AI Vision Engine, un sistema de inteligencia artificial diseñado para monitorizar, catalogar e informar acerca de la actividad en la ciudad. El sistema puede identificar a personas y seguirlas de una cámara a otra basándose en su ropa, sin usar reconocimiento facial. Lo usaron en una demo para detectar potenciales robos en un comercio.
Lo que dice Toyota. La compañía asegura que tiene un sistema propio de gestión del consentimiento llamado Data Fabric, que permite a los residentes decidir qué datos comparten y cuáles no. «Permitimos a los Weavers seleccionar qué quieren compartir o no. Si no quieren compartir nada o si quieren compartirlo todo, depende de cada uno», explicó John Absmeier, CTO de Woven City, a Ars Technica. Los datos, según Toyota, no se venden a terceros. “Al menos de momento,” añadían en la crónica del medio.
Entre líneas. Que el 98% de los residentes haya aceptado prácticamente todas las condiciones de privacidad no dice tanto sobre la confianza en Toyota como sobre el perfil de las personas que viven allí: son técnicos seleccionados, que saben perfectamente lo que están consintiendo y que han ido precisamente a participar en el experimento.
Kota Oishi, director general de Woven City, reconocía al medio que los ciudadanos japoneses, como los europeos, son especialmente sensibles a la privacidad y exigen saber exactamente para qué se van a usar sus datos. El salto entre este grupo de voluntarios controlados y la implantación de tecnología similar en una ciudad real con millones de personas corrientes sería enorme, y las preguntas sobre vigilancia masiva, inevitables.


La otra gran apuesta: una IA propia. Mientras todo eso ocurre en las calles, Toyota trabaja en paralelo para no depender de los grandes gigantes tecnológicos en materia de inteligencia artificial. Daisuke Toyoda, hijo del presidente Akio Toyoda y responsable del proyecto Woven City, contaba en una entrevista en abril a Automotive News que desarrollar una IA internamente es clave para proteger el empleo y el conocimiento industrial de la compañía. «Si solo trabajas con las empresas más grandes o mejores del exterior, corres el riesgo de convertirte en un mero usuario», afirmó.
Toyota ve la IA no como una herramienta para recortar plantilla, sino para digitalizar el conocimiento de sus mejores trabajadores y subirle el nivel al resto. Uno de los proyectos más llamativos de esta línea es un clon de IA del propio Akio Toyoda (hasta con su voz, su forma de hablar y su filosofía) que ya se usa internamente para formar a directivos.
Y ahora qué. Woven City está aún en pañales: solo el 10% construido, 100 residentes y muchos robots que «no hacen gran cosa todavía», según contaba el medio. El objetivo es llegar a los 2.000 habitantes cuando estén completas todas las fases. Toyota no espera que sea rentable a corto plazo; lo entiende como una incubadora tecnológica a largo plazo para probar su tecnología en espacios más abiertos, pero controlados.
Imagen de portada | Toyota


