En 2022, un jabalí irrumpió en una terraza de Cadaqués y se llevó varias bolsas de comida delante de decenas de turistas que lo grabaron con el móvil mientras el animal caminaba entre mesas como si llevara años viviendo allí. Para muchos vecinos fue la confirmación definitiva de que los jabalíes ya no estaban entrando ocasionalmente en las ciudades: empezaban a comportarse como un habitante más.
Barcelona y la guerra imposible. Lo contamos hace unos días. Barcelona lleva años intentando contener la expansión de los jabalíes con campañas sanitarias, controles de población, vigilancia forestal y protocolos cada vez más sofisticados. Sin embargo, los animales siguen avanzando calle a calle desde Collserola hasta el corazón urbano de la ciudad. El último episodio ha resultado especialmente simbólico: un ejemplar apareció hurgando tranquilamente entre contenedores de basura en la calle Casanova, cruzando por primera vez la frontera psicológica de la Gran Via y acercándose al Raval.
La imagen resume perfectamente el problema de fondo. Mientras administraciones y técnicos despliegan dispositivos complejos para controlar la peste porcina africana y vaciar zonas boscosas enteras, los jabalíes continúan entrando en Barcelona atraídos por algo muchísimo más básico: comida fácil, basura acumulada y desperdicios urbanos convertidos en un buffet nocturno permanente.
La ciudad como nuevo ecosistema salvaje. El caso del Eixample refleja hasta qué punto el jabalí ha dejado de comportarse como un animal estrictamente forestal. Vecinos de la zona llevaban semanas denunciando contenedores saturados, restos de comida esparcidos por la calle y una acumulación constante de suciedad que atraía ratas y otras plagas. El jabalí simplemente terminó ocupando el último escalón de esa cadena alimentaria urbana.
La paradoja es que, pese a los miles de ejemplares capturados y sacrificados alrededor de Collserola para contener la peste porcina, la ciudad sigue ofreciendo exactamente lo que estos animales necesitan para perder el miedo al entorno humano: acceso sencillo a comida y ausencia de depredadores. El resultado es una especie cada vez más habituada al tráfico, las luces y los barrios densamente poblados, capaz de atravesar media Barcelona durante la madrugada con absoluta normalidad.
El verdadero secreto sigue siendo el olor. Lo más llamativo es que, mientras Barcelona despliega protocolos sanitarios, controles forestales y campañas institucionales, muchos cazadores llevan años utilizando métodos muchísimo más rudimentarios para atraer jabalíes. El éxito viral de recetas caseras basadas en anís, maíz fermentado, refrescos azucarados o mezclas dulces demuestra hasta qué punto el comportamiento del animal sigue guiándose por impulsos extremadamente simples.
El fuerte olor del anís pulverizado sobre cereal o el aroma ácido de la fermentación actúan como un imán para los jabalíes, que localizan rápidamente cualquier fuente calórica fácil. Esa lógica explica también lo que ocurre en Barcelona: al final, la tecnología importa menos que la capacidad de controlar el acceso a residuos orgánicos. La ciudad puede desplegar vigilancia, sacrificios sanitarios y restricciones de movilidad, pero mientras existan puntos donde la basura rebose y los desperdicios se acumulen, seguirá ofreciendo exactamente el mismo estímulo que esos cebaderos improvisados usados en el monte.
La fauna alterando a una gran ciudad. Contaba el fin de semana El Mundo que la expansión del problema ya empieza a tener consecuencias que van mucho más allá de la convivencia vecinal. El brote de peste porcina africana detectado en jabalíes catalanes ha obligado a activar restricciones sanitarias que incluso han terminado afectando al rodaje de grandes producciones internacionales. La película The Last Druid, protagonizada por Russell Crowe, tuvo que paralizar parte de su producción en Sant Cugat debido a las limitaciones impuestas en áreas forestales cercanas al foco sanitario.
El episodio ilustra hasta qué punto la sobrepoblación de jabalíes ha dejado de ser un problema estrictamente ambiental o agrícola para convertirse en un fenómeno con impacto económico, urbano y logístico. Lo que comenzó como la presencia ocasional de animales en los límites de Collserola está empezando a interferir incluso en actividades industriales y culturales vinculadas al territorio.
Convivencia cada vez más difícil. El gran problema para Barcelona es que todo apunta a que esta situación no es temporal. Los jabalíes se adaptan con enorme rapidez a los entornos urbanos porque encuentran alimento constante, menos presión cinegética y refugios relativamente seguros en parques, descampados y zonas verdes periféricas. Al mismo tiempo, las ciudades generan enormes cantidades de residuos accesibles cada noche.
La combinación es explosiva: animales cada vez más confiados entrando en barrios densamente poblados mientras las administraciones intentan equilibrar control sanitario, bienestar animal y seguridad ciudadana. Y ahí aparece la gran ironía de toda la historia. Después de campañas masivas, dispositivos forestales y protocolos complejos, la batalla contra los jabalíes sigue girando alrededor de algo muy antiguo y elemental: el olor de la comida.
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