A los abogados sevillanos les han faltado superlativos estos días para definir al penalista Francisco Baena Bocanegra, fallecido el pasado miércoles a los 83 años víctima de un cáncer tras una radiante carrera. El letrado combinaba un disco duro privilegiado con una presencia, maneras y voz de actor que convertían sus intervenciones en cada juicio en un pequeño espectáculo. Jueces, fiscales y abogados disfrutaban con sus originales puntos de vista, sabiduría y puesta en escena, que lograba la completa y silente atención de la sala de vistas.
“Tenía una enorme capacidad de oratoria, una personalidad polifacética, un dominio de la escena del tribunal, una preparación exhaustiva de los asuntos, una relación con los clientes excelente para transmitirles seguridad… Pero también una visión académica, una gran técnica para el recurso de casación y una constante capacidad de renovación”, ensalza el fiscal jefe sevillano, Luis Fernández Arévalo. El penalista, nacido en Coín (Málaga) y con tres hijos, ha muerto casi con las botas puestas tras ejercer nada menos que durante 58 años desde un bufete prestigioso que ha participado de todos los casos relevantes y mediáticos en Andalucía.
Entre los 17.000 casos que dirigió su despacho, sobresalen clientes como el juez Baltasar Garzón, al que defendió en el juicio de la trama Gürtel, el expolítico Pedro Pacheco, el juez de Menores Manuel Rico Lara, el duque de Feria, el futbolista Rubén Castro y decenas de desconocidos. Entre ellos, una niña que perdió los dos brazos al tocar una torreta de electricidad, recuerda su mano derecha durante casi cuatro décadas, Enrique del Río: “Era el número uno para estudiar los temas hasta la última coma y calmar a las personas. En sala, sabía interrogar como nadie, convencer y acorralar al testigo adverso”.
Baena Bocanegra recibió la medalla al mérito en el servicio de la abogacía, la medalla de la ciudad de Sevilla y la Cruz de San Raimundo de Peñafort del Ministerio de Justicia, entre otros galardones. Aficionado a la armónica, coleccionaba maletines y hacía gala de un estilo jovial, un respeto exquisito en las distancias cortas, una memoria prodigiosa y una gran elegancia.
El abogado Juan Carlos Alférez alaba su generosidad para transmitir conocimiento al resto de letrados y mejorar la profesión: “Era único, irrepetible, un coloso. Perspicaz, agudo, empático, dotado de una apabullante inteligencia natural, riguroso, técnico, estudioso, grandísimo orador, mejor argumentador y de una exquisita educación con todos y cada uno de los operadores jurídicos. Rompió el molde como abogado, era imposible no aprender algo de él en cada acto procesal, reunión, ponencia, en lo que fuere que coincidieres con el maestro, siempre te traías una valiosa enseñanza”.
En su larga trayectoria con casos mediáticos como la macrocausa ERE, el caso Arny, el doble crimen de Almonte o el caso Juan Guerra. Fueron famosos en la capital andaluza sus duelos en numerosos juicios con el fiscal jefe sevillano Alfredo Flores, en los que se enfrentaban dos estilos contrapuestos. “Paco con su estilo más florido y barroco, con gran dominio de la voz y movimientos de manos, y Flores, con su sosiego y austeridad castellana. Todo un espectáculo”, recuerda Del Río.
La ex fiscal general del Estado María José Segarra, sucesora de Flores, compartió duelos de vista oral con Baena Bocanegra en sus años de fiscal jefe sevillana. “Defendía a todos sus clientes con el mismo ímpetu, la misma contundencia, la misma garantía de haberse estudiado bien el caso, y el saber estar en cada acto procesal colaborando con la justicia. Para un fiscal, compartir juicios con él era una garantía de un buen debate con un magnífico profesional”, alaba. Fernández Arévalo remata: “En la conversación era burbujeante, como una copa de champán y con la rapidez mental de un domador que atendía a tres pistas a la vez”.