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No podemos permitirnos confundirnos de uniforme, por Jose A. Monago Terraza

by Marko Florentino
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Hace apenas unas semanas, la idea de que altos cargos del Gobierno estadounidense debatieran operaciones militares sensibles a través de una aplicación de mensajería de uso gratuito parecía más propia de un Estado con un nivel de desarrollo escaso. Sin embargo, esa improbable escena se ha materializado en Washington, desatando una tormenta política de proporciones considerables. De haber ocurrido en España, las redes se habrían llenado de sarcasmo y memes sobre la eterna «España cañí»; si el escenario fuera China —lo cual roza lo impensable— el responsable de inteligencia estaría ya entre rejas. En Rusia, el desenlace probablemente incluiría un billete sólo de ida a Siberia. Pero no: ha sucedido en Estados Unidos, cuna del complejo militar-industrial y, supuestamente, modelo de eficiencia en materia de inteligencia.

La revelación de que importantes figuras del aparato de seguridad nacional, incluido el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Defensa Pete Hegseth, la coordinadora de inteligencia Tulsi Gabbard y el director de la CIA John Ratcliffe, utilizaron Signal—una plataforma cifrada, pero comercial—para coordinar un ataque contra objetivos hutíes en Yemen, ha sacudido profundamente la confianza en la gestión institucional estadounidense. El escándalo emergió cuando un conocido periodista, Jeffrey Goldberg de The Atlantic, fue «accidentalmente» incluido en el chat privado, quedando expuesto así a información altamente clasificada sobre armas, objetivos y fechas de lanzamiento.

Este incidente, más allá de la aparente torpeza técnica, revela una alarmante informalidad en la toma de decisiones estratégicas y pone al descubierto vulnerabilidades preocupantes en la cadena de mando estadounidense. Las críticas no se han hecho esperar: legisladores demócratas han calificado el asunto como una de las brechas más graves en décadas sobre confidencialidad militar, exigiendo la inmediata dimisión de Hegseth y del asesor de seguridad nacional Michael Waltz. La respuesta republicana ha sido notablemente discreta.

En el fondo subyace una visión transaccional y aislacionista de la política exterior, claramente reflejada en los comentarios de Vance en el chat: «Odio tener que sacar otra vez a Europa del apuro«.  Este enfoque, profundamente arraigado en la doctrina Trump, considera a las alianzas tradicionales, como la OTAN, más como cargas económicas que como activos estratégicos esenciales. En un momento en el que la estabilidad global enfrenta desafíos sin precedentes, esta perspectiva amenaza con socavar aún más la cohesión occidental.

Mientras tanto, la diplomacia estadounidense parece igualmente atrapada en un estado de improvisación y amateurismo. Steve Witkoff, enviado especial de Trump sin experiencia diplomática previa, ha generado preocupación con mensajes conciliadores hacia Vladímir Putin, cuestionando abiertamente la legitimidad de la ocupación rusa en Ucrania. Tales episodios han encendido alarmas tanto en las capitales europeas como en el propio Departamento de Estado.

Si alguien hubiera diseñado desde el exterior una campaña de descrédito de la Administración norteamericana, no hubiera igualado, ni por asomo, los últimos acontecimientos germinados desde la Casa Blanca.

No seré yo quien le diga a Washington que debe afrontar con seriedad urgentemente estas vulnerabilidades si desea evitar una mayor erosión de su credibilidad internacional. Ahí está la prensa internacional y la opinión ciudadana.

A mí me preocupa más Europa y para Europa, la lección es inequívoca: ha llegado la hora de dejar atrás la adolescencia estratégica, asumir plenamente nuestras responsabilidades y prepararnos para un futuro en el que la solidez de la alianza atlántica ya no puede darse por sentada. Dicho de otro modo: ha llegado el momento de abandonar el cascarón y dejar atrás la adolescencia. 

No se trata simplemente de agitar la cifra mágica de los 800.000 millones de euros —ese atractivo Next Generation Plus en el que muchos solo ven una oportunidad para pillar su parte del pastel—. El verdadero desafío es apostar por algo mucho más profundo: una Europa que se construya como un garante firme de paz, estabilidad y democracia. Una Europa que no se base en la mera suma de individualidades, sino en la inteligencia política, la visión de Estado y una ciudadanía informada y comprometida. Y, aunque a algunos les incomode, este proceso debe iniciarse desde la política. No podemos permitirnos empezar la casa por el tejado, ni confundirnos de uniforme. Y, lo más importante, no debemos olvidar que nuestra principal industria es la calidad de nuestros parlamentos.





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