Si la vida es un paseo, un voltio sin rumbo por las manzanas de la incertidumbre, las calles de Sevilla son como etapas adoquinadas de las que brotan lecciones de los que anduvieron antes por ellas. Todas tienen sus historias, conocidas y anónimas, documentadas o … recordadas en las biografías íntimas de cada uno. Por allí empezó a andar tu chiquillo, por aquí nos cogimos de la mano por primera vez, en esta esquina, apostado en este mismo portal, viví en una Semana Santa de hace años una chicotá que todavía se me repite en el paladar.
Aquí sembré una idea, ahí me cogí mi primera borrachera, por ese callejón por el que hoy voy solo y apresurado me llevaba mi tita de la mano a hacer recados, explicándome curiosidades que iba almacenando, parándome frente los azulejitos escondidos en los que nadie repara, desentrañando leyendas, haciéndome entender que las arterías de la ciudad son las pisadas de la historia, el patrimonio inmaterial para los que comprenden su barrio como su reino, su ciudad como su imperio. Las personas a las que el paisaje les transporta a la trama.
Me fascina la gente que conoce sus dominios como la palma de su mano, los que, de hecho, son capaces de dibujarte en ella un mapa invisible en el que sus pliegues palmares parecen delimitar un callejero que llevaran tatuado desde su nacimiento. Son esos que se saben todos y cada uno de los nombres de las avenidas, paseos, rondas y vías. Los de ahora y los de antaño, porque cuando se refieren a una dirección te aclaran casi de manera instintiva que hay una posibilidad de confusión ya que, antiguamente, palabra clave, esa calle se conocía de otra manera. Me cautiva hasta el extremo esa querencia popular de conservar los nombres primigenios de las cosas, de llevarle la contraria a las resignificaciones. Ese tono rebelde que se utiliza en la intrascendente y personal batalla de proteger palabras como se protegen recuerdos, personas y años. Hay quienes llevan un navegador incorporado en su cabeza que se orienta a través de olores, comercios locales, viviendas de amigos. Son ‘gepéeses’ con alma que saben por dónde pisan y se enorgullecen de ello.
El otro día, en la calle O’Donnell, una pareja de señores de Cáceres pararon a un chaval en camisa y chinos preguntándole si era de aquí. Se lo tuvieron que repetir porque iba con los cascos puestos. Cuando les dijo que sí, lo pronunció con inseguridad, con una especie de temor por lo que venía: «¿Podrías indicarnos cómo llegar a la calle Amor de Dios?». El chavea, de unos diecinueve años, titubeó y miró a los lados como buscando ayuda. «Me suena que es por allí», aventuró señalando hacia la Magdalena. Pero espera, que lo miro en Google Maps. Madurar, creo, es darse cuenta de que da vergüenza no saberte los nombres de las calles de tu ciudad.