La imagen de una oveja pertrechada con una armadura de plástico llena de pinchos parece sacada de una película de fantasía medieval, pero es la última historia que hemos conocido sobre la compleja convivencia entre la ganadería y los grandes depredadores. Sin embargo, más allá del ingenio de las soluciones individuales, la literatura científica lleva décadas analizando qué medidas no letales son verdaderamente eficaces para proteger al ganado que no pasan por cubrir a una oveja con una armadura como si fuera un soldado medieval.
La oveja acorazada. Recientemente, diferentes medios se hacían eco de la historia de Rudolf Schaubach, un ganadero de 72 años de Villach (Austria) que ha saltado a la palestra por registrar en la Oficina Europea de Patentes un invento insólito que consiste en una red de plástico con púas afiladas que envuelve al animal imitando el mecanismo de defensa de un erizo.
Y es que la desesperación ante las pérdidas económicas que supone que los grandes depredadores acaben con sus ovejas empujó a este ganadero a tomar esta decisión para poder proteger al final a sus animales.
El resultado. Equipar a un solo animal llevó cerca de una hora, lo que convierte esta idea en un proceso logísticamente inasumible para un rebaño entero, puesto que ponérselo a todas requeriría hasta más trabajadores. Además, organizaciones animalistas acabaron denunciando la iniciativa por posible incumplimiento de la normativa de bienestar animal al ver que el animal podría sufrir con esa armadura de plástico encima y también por el daño a los depredadores.
Lo que dice la ciencia. Cuando los expertos analizan el conflicto entre ganaderos y depredadores, advierten que la evidencia disponible es heterogénea y que se debe huir de frases absolutas de que una medida es magnífica y funciona siempre. Aquí apuntan a que la efectividad de las medidas que se tomen depende enormemente del contexto geográfico, del tipo de explotación y de la presión de los depredadores.
Un ejemplo lo tenemos en 2018, donde una revisión científica repasó exhaustivamente el estado de la protección del ganado. Su primera conclusión es un tirón de orejas a la investigación, puesto que apuntaban a que sigue faltando evidencia experimental fuerte en muchos de los métodos que se aplican. Pese a ello, el estudio sí logró identificar qué herramientas cuentan con un mejor respaldo destacando el uso de perros guardianes, los cercados y el fladry, que no es más que una línea de cuerdas con banderas de colores que ondean con el viento, actuando como disuasor visual para los lobos.
Más conservadores. Una medida que se puede pensar ante estos problemas es abatir al depredador, pero aquí la ciencia apunta a que el control letal no es la respuesta más consistente a largo plazo. De hecho, insisten en que la solución pasa por cambiar la forma en la que se gestionan los rebaños.
El mejor ejemplo lo tenemos en un estudio de 2017 donde se analizó durante siete años diferentes regaños de Estados Unidos. La investigación demostró que implementar una estrategia adaptativa de medidas no letales redujo de forma drástica las pérdidas de ovejas por lobos en el área protegida en comparación con las zonas donde no se aplicó dicha gestión. Es por ello que la prevención no es poner una valla y olvidarse, sino evaluar, adaptar el pastoreo, mover los rebaños estratégicamente y mantener a los perros alerta.
Imágenes | LT1 OÖ

