Home technologyEs uno de los libros más enigmáticos del mundo y lo hizo un esquizofrénico que nunca salió del manicomio

Es uno de los libros más enigmáticos del mundo y lo hizo un esquizofrénico que nunca salió del manicomio

by markoflorentino@icloud.com


En 1921 un psiquiatra suizo publicó un libro con un título que sonaba a contradicción: uno de sus internos, un enfermo mental, era un artista. Y a partir de ese oxímoron se fundó una disciplina entera. El aludido, Adolf Wölfli, nunca lo supo: llevaba más de dos décadas encerrado en el manicomio de Waldau cuando se le etiquetó, y moriría allí sin enterarse de que André Breton situaría su obra entre las tres o cuatro más importantes del siglo XX.

Quién era. Wölfli nació el 29 de febrero de 1864 cerca de Berna y murió el 6 de noviembre de 1930 en la mencionada clínica psiquiátrica de Waldau, donde ingresó en 1895 tras ser condenado por agresiones sexuales a menores. Allí le diagnosticaron esquizofrenia paranoide y también allí permaneció treinta y cinco años, sin volver a salir a la calle. Trabajó casi siempre en una celda de apenas siete metros cuadrados: el resultado fueron 1.460 dibujos, 1.560 collages y unas 25.000 páginas de escritos con todo tipo de creaciones, desde textos a música inventada, y todo a menudo encuadernado por él mismo.

Adolf Woelfli Adolf Woelfli In Seiner Zelle Neben Seinem Buecherstapel 1921 2 768x568
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El obrón. La fantasía autobiográfica que arrancó su leyenda, ‘Von der Wiege bis zum Graab’ (‘De la cuna a la tumba’), ocupa poco más de 3.000 de esas páginas y fue creada entre 1908 y 1912. Después llegaron los cuadernos geográficos y algebraicos (1912-1916), los cuadernos de canciones y danzas (1917-1922, unas 7.000 páginas) y los cuadernos-álbum de danzas y marchas (1924-1928). Creó hasta una marcha fúnebre que dejó sin terminar al morir.

A los cielos. En esa narración se ascendía a sí mismo por etapas: primero era el niño Doufi, luego el Caballero Adolf, después el Emperador Adolf y por último, San Adolfo II. Cada dibujo incorporaba además notación musical propia, con un pentagrama de seis líneas en vez de cinco, que Wölfli interpretaba enrollando una hoja de papel. No improvisaba sin más: fabricaba también piezas pequeñas que llamaba «arte del pan», pensadas expresamente para venderlas a médicos y visitantes.

El buen doctor. Nada de esto habría salido de Waldau sin Walter Morgenthaler. El médico llegó al hospital en 1907 y, a diferencia de sus colegas, no trató el impulso gráfico de Wölfli como un síntoma que había que contener, sino como una producción que daría rienda suelta a muchos aspectos de su dolencia. En 1921 publicó ‘Ein Geisteskranker als Künstler’ (‘Un enfermo mental como artista’), monografía que sacó a Wölfli del anonimato clínico y convirtió su obra en objeto de interés para dos círculos de pensadores muy distintos: la psiquiatría y las vanguardias artísticas.

Adolf Wolfli Obelisk Art History 1200x0
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Arte bruto. Jean Dubuffet descubrió la obra de Wölfli en 1945 y lo llamó «el gran Wölfli», según la propia fundación que administra su legado. Tres años después, Dubuffet y Breton fundaron la Compagnie de l’Art Brut, creando así la etiqueta que agruparía a artistas sin formación académica ni intención de exponer. En 1965, en el catálogo de una exposición surrealista en París, Breton describió el conjunto de la obra de Wölfli como una de las tres o cuatro más importantes del siglo. El espaldarazo definitivo llegó en 1972: el comisario suizo Harald Szeemann llevó sus dibujos y sus escritos a la influyente exposición de arte Documenta 5 de Kassel, junto con una reconstrucción de su celda.

Hay quien compara hoy el conjunto de su obra con ‘In the Realms of the Unreal’, el manuscrito igual de desmesurado del estadounidense Henry Darger. Tanto Wölfli como Darger se ganaron sin querer un espacio en la historia: alguien ajeno a ellos decidió, después de su muerte o de su reclusión, que aquello merecía ser contemplado como una obra artística. Desde entonces se han sucedido las exposiciones sobre Wölfli, algunas ingentes como la de Japón de 2017, que sumó el esfuerzo colectivo de tres museos.

Dónde está. Buena parte de las 25.000 páginas de Wölfli siguen repartidas entre archivos y colecciones privadas, además de en los catálogos parciales publicados desde los años setenta. La fundación mantiene un inventario abierto y sigue incorporando piezas que reaparecen en subastas o donaciones. También sigue recibiendo consultas de coleccionistas privados que localizan hojas sueltas y quieren confirmar su procedencia dentro de los cuadernos originales. Sin fecha de cierre prevista para este trabajo de documentación, cada pieza que aparece obliga a reescribir, aunque sea un poco, el mapa de lo que Wölfli llegó a producir en esos siete metros cuadrados. Todo un mundo.

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