En Vila de Gràcia, Barcelona, la mayoría de los peatones camina con la mirada pegada al teléfono. Pues bien, a la altura de la cintura, incrustadas en las fachadas de piedra, resisten decenas de puertecitas metálicas de color negro. En el siglo XX albergaban las llaves de paso del agua. Hoy alojan universos microscópicos. Una de ellas, sin entrada, sin cola ni guardias de seguridad, esconde un museo en miniatura. Bautizado como El Museu Més Petit del Món, este proyecto de arte de guerrilla transforma viejas hornacinas en galerías públicas. Miden apenas 9 centímetros de ancho por 13 centímetros de alto. Y el precio de la entrada resulta imbatible: cero euros, los 365 días del año.
El origen de la idea
El proyecto nació de forma espontánea en el número 14 de la calle Virtut. Allí trabaja la artista Noemí Batllori, especialista en maquetas. Su hija Gala utilizaba una rendija metálica en la pared del edificio vecino para guardar tesoros secretos. Madre e hija decidieron llevar la idea un paso más allá, así que instalaron en esa cavidad la obra «Entra a l’univers», una composición galáctica construida con bolitas multicolores de poliestireno.
Las obras rotan cada tres semanas y el boca a boca convirtió el juego en un fenómeno de barrio. Vecinos, comercios y niños empezaron a apadrinar otras hornacinas abandonadas. Según documenta el portal especializado Mammaproof, la red supera la veintena de microsalas distribuidas por todo Gràcia. Cada caja ofrece una temática diferente: mares con peces de papel, cabras liliputienses, aviones del tamaño de una cereza o un zoo habitado por figuras de un centímetro.
Datos y escalas


Frente a los 72.735 m² de espacio expositivo del Louvre (París), el museo de arte más grande del mundo y equivalente a 280 pistas de tenis, o el Museo Estatal del Hermitage (San Petersburgo), 66.842 m² con más de 3 millones de piezas en seis edificios, las galerías de Gràcia suman apenas un metro cuadrado entre todas sus sedes. Y, si bien Barcelona no tiene la exclusiva de la micro-museología, sí la versión más accesible. El fenómeno de rescatar espacios residuales para exhibir cultura puede rastrearse por todo el mundo.
¿Ejemplos? Mmuseumm (Nueva York, EE. UU.): Ubicado en un antiguo hueco de ascensor en Tribeca, exhibe objetos cotidianos de valor periodístico. El portal The World from PRX detalla cómo esta minúscula sala aloja tesoros inverosímiles, desde tazas hasta el zapato lanzado contra el presidente George W. Bush en Bagdad. Warley Museum (West Yorkshire, Reino Unido): un grupo de vecinos convirtió una clásica cabina telefónica roja K6 en un museo sobre la historia local. Ostentó el récord Guinness como el edificio expositivo más pequeño del mundo. World’s Smallest Museum (Superior, Arizona, EE. UU.): una caseta de madera de tres metros cuadrados guarda artefactos estrafalarios de la historia rural estadounidense.
“Una auténtica búsqueda del tesoro”


O eso dicen algunos visitantes. “Mis hijos recorren las calles pegados a las paredes para abrir las puertecitas. Sienten la magia de descubrir algo secreto en mitad del asfalto», apuntaba una vecina de la zona. La bitácora Los Viajes de Quim y Elena destacaba el carácter accesible: «Consigue mantener a los niños entretenidos toda una mañana mientras descubres un barrio histórico. El arte baja al nivel de los más pequeños, literalmente».
A diferencia de los modelos cerrados en habitaciones o cabinas, la propuesta de Batllori convierte la calle entera en el propio museo. Un plano digital disponible en Barcelona Secreta permite a los curiosos localizar cada coordenada exacta con el teléfono móvil, aunque el verdadero mérito radica en encontrarlas por puro azar. De hecho, la propia creadora, propietaria de «L’Hospital de les Joguines», ofrece un kit de construcción para colaborar y contribuir al proyecto.
Más pequeño todavía
Para los fans de la miniaturización, todavía hay más:
- Museo de los Libros en Miniatura de Bakú (en Azerbaiyán): más de 6.500 libros diminutos, ninguno de más de 3 pulgadas, y récord Guinness desde 2014 por ser el único museo del mundo dedicado en exclusiva a este formato.
- Museo Edgar Allan Poe (EE. UU.): ocupa el armario de un instituto, apenas 2 metros cuadrados, y aun así alberga más de 2.000 piezas relacionadas con el escritor.
- Mimumo, en la Casa della Luna Rossa (Monza, Italia): 2,29 m², abierto los 365 días del año las 24 horas, casi calcado en filosofía a «El Museu Més Petit del Món».
- Museum of Perron Oost (Ámsterdam): una antigua garita de capataz de apenas 65 pies cuadrados (unos 6 m²) en una vía de tren en desuso, reconvertida en sala expositiva.
- Y el Museo Etnográfico de Dzepciste (Macedonia del Norte): nació porque su fundador, Simeon Zatlev, se hartó de que su país no tuviera un museo de historia local, así que lo montó en su propia casa.
Cuando toda la ciudad es el museo
El arte en pequeño también es habitual encontrarlo en algunas calles. Artistas callejeros Slinkachu e Isaac Cordal, colocan desde diminutas figuras (algunas de menos de 4 centímetros, modificadas a partir de maquetas de trenes) en calles de todo el mundo, sin previo aviso, dejándolas a merced de los peatones, la lluvia o el olvido.
Entre tanto café de especialidad fotografiado sin parar, inmersiones modernistas como la Casa Vicens documentadas en 3D o los atardeceres sobre los tejados de los Jardines del Turó del Putxet o el Park Güell, con la postal horizontal de toda la ciudad de fondo, esta alternativa impone agachar la cabeza, tirar de un pestillo de hierro y mirar de cerca.
Imágenes | Mammaprof
En Xataka | Este museo tiene un guía que se burla de los visitantes. El resultado: entradas agotadas