Noruega es, sobre el papel, el edén verde del planeta. Nueve de cada diez coches nuevos que se venden en sus calles son eléctricos y el 98% de su sistema eléctrico se alimenta de fuentes renovables. Sin embargo, su principal motor económico es exportar aquello que internamente rechaza: combustibles fósiles. Las cifras oficiales son contundentes: en 2025, el valor de las exportaciones noruegas de crudo, condensado y gas natural rondó el billón de coronas, lo que supone el 57% del total de sus exportaciones de bienes.
A esta paradoja noruega se le ha sumado un detonante geopolítico sin precedentes. La guerra en Medio Oriente y el consiguiente bloqueo en el Estrecho de Ormuz han convertido al país en «una gasolinera europea».
Resucitando fantasmas del Mar del Norte. Para hacer frente a esta demanda, el gobierno noruego ha tomado una decisión histórica. Según confirmó el Ministerio de Energía en una nota de prensa oficial, el país va a reabrir tres yacimientos de gas en el área de Ekofisk (Albuskjell, Vest Ekofisk y Tommeliten Gamma). Estos pozos fueron descubiertos en los años 70, produjeron entre 1977 y 1988, y llevaban clausurados desde 1998.
Un consorcio operado por ConocoPhillips (junto a Vår Energi, ORLEN y Petoro) invertirá unos 19.000 millones de coronas noruegas (cerca de 1.500 millones de libras) para reactivar estas instalaciones a través de cuatro nuevos sistemas submarinos. Se espera que vuelvan a bombear a finales de 2028, operen hasta 2048 y extraigan entre 90 y 120 millones de barriles equivalentes. Esta operación no solo generará unos 7.600 empleos directos durante su vida útil, sino que el gas extraído irá directo a Emden (Alemania), mientras el condensado viajará a Teesside (Reino Unido).
No se trata solo de revivir el pasado. Oslo ha ofrecido además 70 nuevas licencias de exploración, la mayoría en zonas extremadamente delicadas como el gélido Mar de Barents, acercándose a las costas más que nunca. Según los datos del gobierno noruego, solo se ha producido alrededor de la mitad de los recursos de gas estimados del país, por lo que el 52% restante aún está por extraer. Tan solo en 2025, el país exportó aproximadamente 122.000 millones de metros cúbicos estándar de gas.
Responsabilidad internacional. Terje Aasland, ministro de Energía, argumenta que la producción noruega es «una contribución importante a la seguridad energética en Europa». Los datos respaldan esta dependencia extrema: en 2024, Noruega exportó un volumen de gas equivalente a más del 30% del consumo total de la Unión Europea y el Reino Unido.
Además, el gobierno esgrime un argumento medioambiental: a nivel global, reemplazar el carbón con gas natural en la generación de electricidad reduce las emisiones de CO2 a la mitad. También sostienen que el gas es el respaldo perfecto para las energías renovables intermitentes, proporcionando energía flexible cuando no brilla el sol o no sopla el viento.
No obstante, no todo es puramente altruista. Mientras la petrolera estatal Equinor registra beneficios históricos, el famoso fondo soberano del país acumula activos por valor de 1,9 billones de dólares.
La voz de la discordia. Según recoge The Guardian, los partidos de izquierda y las asociaciones medioambientales acusan al gobierno de greenwashing (ecopostureo) y alertan del riesgo catastrófico que supondría un vertido de crudo cerca de la línea de costa.
El contraste es, además, evidente en la propia región. Mientras Noruega abre el grifo, el gobierno laborista del Reino Unido prohíbe nuevas licencias de perforación por motivos climáticos. El resultado, tal y como destapa The Telegraph, es que la producción británica cae un 15% anual, obligando a Londres a gastar 20.000 millones de libras comprando a Noruega la energía que se niega a extraer de sus propias aguas.
El dilema europeo de Oslo. Noruega es plenamente consciente de su hipocresía y está intentando compensarla a base de tecnología punta. El país inauguró Northern Lights, el primer gran almacén submarino comercial de Europa. Este proyecto inyecta CO2 licuado procedente de industrias europeas en el reservorio Aurora, a 2.600 metros bajo el fondo marino. Es su manera de demostrar que pueden extraer combustibles fósiles y, al mismo tiempo, liderar la tecnología de descarbonización.
Sin embargo, Noruega tiene los recursos y la tecnología, pero le falta el poder de decisión político directo. Como reza la máxima en Bruselas: «Si no estás en la mesa, estás en el menú». El cordón umbilical que une a Noruega con Europa es físico y político, ya que cuenta con una vasta red de gasoductos submarinos. Esta dependencia mutua ha reabierto un debate que parecía zanjado: ¿Debería Noruega entrar en la Unión Europea? Aunque la población rechazó la adhesión en 1972 y 1994, el aislamiento geopolítico actual frente a gigantes como China, EEUU y Rusia está forzando tanto a Noruega como a sus vecinos (Islandia y Suiza) a reconsiderar si deben sacrificar soberanía a cambio de sentarse en la mesa donde se rige su principal mercado.
El atardecer fósil. Noruega ha perfeccionado el arte de mirar hacia el futuro con los bolsillos llenos del pasado. El país se ha convertido en el gigante que calienta los hogares de una Europa asustada y en guerra, exprimiendo un modelo energético caduco para financiar un estado del bienestar ultradesarrollado y limpio.
Como sentenciaba la analista financiera Thina Saltvedt para la BBC: «Cada vez más gente se da cuenta de que hay una puesta de sol en el horizonte. Pero va a ser dolorosa». De momento, mientras llega ese atardecer climático, Europa ha decidido aplazar el frío encendiendo, una vez más, las viejas calderas noruegas del Mar del Norte.
Imagen | Norskpetroleum
