El 99% del tráfico de datos internacional de internet viaja a través de cables de fibra óptica que discurren por el fondo de mares y océanos. Hay una especie de Google Maps de cables submarinos donde ver su trayectoria para descubrir que, mientras que hay zonas que son verdaderos páramos, en otras hay marañas de cables que se apelotonan. Precisamente esas zonas son críticas ante potenciales accidentes y ataques. Pues bien, el 90% de la capacidad de los cables Europa-Asia pasa por una región que es de todo menos tranquila: el Mar Rojo.
En tiempos de paz esos cables funcionan bien, pero ante conflictos son un auténtico caramelito para el sabotaje: están «abandonados» a su suerte en medio de la nada, son estratégicos y repararlos no es fácil ni cómodo precisamente. Y de hecho, en el caso de estos cables Europa – Asia ya ha pasado: en 2024 un misil hutí impactó un carguero en el estrecho de Bab-el-Mandeb y su ancla a la deriva cortó tres cables submarinos. Los barcos de reparación pudieron entrar cuatro meses después. En septiembre de 2025, la historia se volvió a repetir. El talón de Aquiles es claro y Europa quiere ponerle solución dando un rodeo por el polo Norte.
La ruta alternativa: Polar Connect. La Unión Europea a través de su panel de resiliencia ha recomendado construir dos cables árticos para llegar a Asia esquivando el Mar Rojo: uno iría por el paso del noroeste canadiense y el otro conectaría Escandinavia con Asia cruzando directamente el Polo Norte. Este último es precisamente el Polar Connect.
Dicho y hecho: la UE ya ha etiquetado este cable como «Proyecto de Cable de Interés Europeo» y ya ha preparado los primeros fondos para su construcción. El coste total estimado ronda los 2.000 millones de euros y el objetivo operativo es 2030. Detrás del proyecto está la red de investigación y educación nórdica NORDUnet, operadores de redes nórdicos como GlobalConnect Carrier y la agencia sueca de investigación polar. Este verano previsiblemente harán un estudio de la ruta.
Por qué es importante. Porque los cables submarinos son las carreteras que mantienen conectado el mundo en el que vivimos: comunicaciones corporativas, servicios en la nube, finanzas, streaming, seguridad… y que la mayoría de conexiones entre Europa y Asia se produzcan por un corredor en conflicto persistente aumenta el riesgo de apagones entre ambos continentes. Este cable busca minimizar el riesgo geopolítico al tiempo que reduce la latencia en transmisión de datos.
Por otro lado, está su dimensión estratégica: Meta, Google, Microsoft y Amazon representan ya más del 70% de toda la capacidad de cables submarinos consumida a nivel global, frente a menos del 10% hace una década, según datos de TeleGeography y GlobalData. Europa no tiene ninguna ruta propia hacia Asia. Como recoge Polar Connect en su libro blanco, las tres opciones actuales entre Europa y Asia son el Mar Rojo, Rusia o pasar por Estados Unidos y ninguna está bajo soberanía europea.
Contexto. El mar Rojo y su entorno es un avispero casi continuo desde al menos los años 50: la crisis de Suez, la Guerra de los Seis Días, Yom Kippur… así que como explica Roderick Beck, un veterano de la industria del cable que se dedica a la búsqueda de capacidad de telecomunicaciones para proveedores de servicios de internet para The Verge: la industria buscó alternativas en el Golfo Pérsico, pero tampoco es una balsa de aceite precisamente: Los ataques de Estados Unidos a Irán en 2025 cerraron también esa vía.
Dicho esto, el contexto geopolítico en el Ártico tampoco es neutro. Históricamente para pasar un cable por el ártico era necesaria una asociación con Rusia, pero desde la guerra con Ucrania, el corredor del Polo Norte carece de conectividad intercontinental occidental. No obstante, no será nada fácil: otros ya lo intentaron antes y fracasaron, como Quintillion en la costa norte de Alaska. Activaron un tramo de cable, pero el hielo lo rompió dos veces y para repararlo hace falta o contar con un barco rompehielos para reparar el cable o esperar al verano.
Cómo lo quieren hacer. El plan es conectar la región nórdica con Japón y Corea del Sur mediante fibra óptica bajo el Océano Ártico con posibles ramificaciones hacia América del Norte. En cuanto a financiación, a finales de 2024 se aprobaron 44,6 millones de euros del programa Connecting Europe Facility para las primeras fases.
Polar Connect contará además con sensórica avanzada para monitorización ambiental y climática, de modo que funcionaría como infraestructura de telecomunicaciones e instrumento de investigación científica ártica. El proyecto se complementa con Far North Fiber, otro cable ártico que tomaría la ruta del Paso del Noroeste canadiense. Juntos formarían una red con redundancia mutua: cuando uno falle, el otro carga con el tráfico. Como dice el propio CEO de NORDUnet, Valter Nordh: «ambas rutas tienen fortalezas y debilidades, por eso se complementan bien».
Sí, pero. Diseñar, construir e instalar un cable submarino no es un proyecto pequeño, pero el principal problema al que se va a enfrentar Polar Connect ya lo hemos vislumbrado en el proyecto fallido de Quintillion: el escollo es el mantenimiento. El hielo corta y los icebergs arrastran el fondo marino a profundidades mayores de las que permite enterrar el cable en un fenómeno conocido como ice scour.
Si hay una rotura en invierno, hay que esperar al verano para repararla simple y llanamente porque no hay barcos capaces de romper hielo y tender cable a la vez. Alan Mauldin, director de investigación de TeleGeography, una de las empresas de referencia en investigación en el sector, lo dice sin rodeos: «Hemos visto pasar muchos proyectos (de cables en el Ártico) . Hay una razón para ello, ¿no? Es muy complicado.»
En Xataka | Los cables submarinos eran de las teleoperadoras, y ahora los están controlando las grandes tecnológicas
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