
Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un formato para ensayos basados en argumentos sobre las cuestiones críticas que dan forma a nuestra disciplina.
El agroturismo se entiende comúnmente como un modelo híbrido, con partes iguales de superposición entre las industrias de la agricultura y la hotelería. Bajo esta perspectiva, se valora como una variación de un tema existente, una actividad complementaria superpuesta a la producción rural. Este marco de interpretación ya no se sostiene en el siglo XXI, ya que la escala e independencia del crecimiento del agroturismo lo han transformado en un sector económico diferenciado; uno con consecuencias arquitectónicas que ni la industria agrícola ni la hotelera están preparadas para abordar de manera aislada.
El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos define el sector del agroturismo de manera amplia, como cualquier actividad que lleve a un/a visitante a un sitio agrícola en funcionamiento con fines educativos, de negocios, de alojamiento o de recreación. Bajo esta definición, el agroturismo incluye recorridos de cosecha de fin de semana, estadías nocturnas en una casa de campo convertida, salas de degustación de destilerías de whisky o pueblos pesqueros costeros que ofrecen excursiones marítimas guiadas. La industria abarca una enorme gama de prácticas, geografías y escalas económicas.
En los años posteriores a la pandemia de COVID, ha surgido una notable curiosidad colectiva por comprender mejor la naturaleza y sumergirse en entornos naturales. Las personas buscan estar cerca del proceso de cultivo de los alimentos, la crianza de animales y el funcionamiento de un paisaje productivo. Este creciente interés continúa reconfigurando los centros urbanos y las comunidades suburbanas, donde se han multiplicado los mercados de productores/as, los huertos comunitarios, los mercados gastronómicos y los comercios de productos locales. Esta curiosidad también ha dejado su huella en los entornos rurales y las regiones agrícolas, donde las personas llegan en calidad de huéspedes, buscando una conexión con la tierra productiva.

A partir de las definiciones proporcionadas y la interpretación de las decisiones arquitectónicas y regionales en el diseño de estas experiencias, podría suponerse que el agroturismo es una extensión o un agregado a las prácticas y al trabajo agrícola. Sin embargo, en la práctica contemporánea, el agroturismo funciona como un sector diferenciado del entorno construido, con su propia lógica económica, requerimientos espaciales, desafíos de diseño, públicos específicos y métricas de éxito. Entenderlo como una práctica independiente exige que los/las arquitectos/as y diseñadores/as piensen cómo ir más allá de la simple renovación de edificios agrícolas existentes o de la reformulación de narrativas en torno al patrimonio cultural rural.
El argumento económico para la revitalización rural


La evidencia de la independencia del agroturismo es más pronunciada cuando se mide a escala de las economías nacionales que en explotaciones agrícolas individuales. Un claro ejemplo se encuentra en las provincias del interior de España, donde el turismo rural se ha convertido en un motor clave de la actividad económica regional para áreas que han sufrido un declive demográfico sostenido en las últimas décadas. Este fenómeno de despoblación se conoce comúnmente como la «España Vacía», un término que describe el vaciamiento demográfico de los municipios rurales a medida que la población migra a los centros urbanos en busca de oportunidades.
Según un estudio de 2023 de la entidad bancaria española CaixaBank, el turismo rural representó el 11,9 por ciento del gasto turístico total del país, un incremento respecto a estudios anteriores realizados durante y antes de la pandemia de COVID. Este crecimiento se produce en un periodo de expansión general del gasto turístico, lo que significa que las iniciativas de turismo rural captarán una cuota de mercado cada vez mayor dentro de un sector que ya está en alza.

Portugal e Italia han seguido estrategias comparables, desarrollando infraestructuras de agroturismo que invitan a los/las visitantes a participar en operaciones agrícolas activas, desde la vendimia y la cosecha de aceitunas hasta el cuidado del ganado o la producción de queso. Los gobiernos regionales y las autoridades de turismo suelen presentar estos programas como herramientas de revitalización rural orientadas a generar empleo, apoyar a los/las pequeños/as productores/as y abrir nuevos mercados para los productos agrícolas fuera de los canales tradicionales de distribución.
Antiguos pueblos pesqueros de la costa atlántica han adoptado modelos similares, ofreciendo excursiones guiadas, degustaciones de mariscos, avistamiento de aves y de fauna estacional, así como experiencias de inmersión a bordo de embarcaciones de trabajo. Muchas de estas comunidades enfrentaban presiones económicas similares a las de las regiones agrícolas del interior, tales como normativas gubernamentales cambiantes, el envejecimiento de la población y oportunidades de empleo limitadas.


Tradicionalmente, las industrias agrícola y pesquera han medido el éxito a través del rendimiento, las capturas y la eficiencia productiva. En cambio, el agroturismo introduce un sistema de valores diferente, definido por el gasto de los/las visitantes, las pernoctaciones, las experiencias guiadas y las estrategias de marca regional. La economía del visitante es hoy en día una fuente primordial de ingresos regionales en geografías e historias locales muy diversas.
La arquitectura sigue estando al servicio de la agricultura
La arquitectura agrícola evolucionó para resolver un conjunto específico de problemas: proteger a los/las trabajadores/as y a los animales del clima y los extremos estacionales, soportar las demandas físicas de la producción y organizar el espacio en función de la eficiencia y el trabajo. Existen múltiples similitudes en la forma, materialidad y escala de graneros, silos, invernaderos y dependencias secundarias, ya que comparten un propósito subyacente similar. El éxito de estas edificaciones para la industria agrícola se medía por su durabilidad, eficiencia y su capacidad para albergar la mano de obra.


Se produce un desajuste fundamental cuando se espera que estas mismas estructuras, diseñadas bajo criterios de eficiencia y producción, alberguen a visitantes y ofrezcan experiencias planificadas. Un paisaje productivo organizado para el paso de maquinaria y la mano de obra no resulta fácil de comprender para un/a huésped sin conocimientos previos de sus funciones operativas. De igual forma, las rutas de circulación diseñadas para las temporadas de cosecha y distribución no ofrecen una orientación clara para quien lo visita por primera vez.

Mientras que los edificios agrícolas están diseñados para optimizar el trabajo, los espacios de hotelería se planifican cuidadosamente para que las tareas operativas permanezcan ocultas a la vista del/de la huésped. El éxito del agroturismo radica en hacer visible la producción, permitiendo que los/las visitantes entiendan, observen e incluso participen en labores que la arquitectura tradicionalmente ha intentado ocultar. Así, el desafío no consiste en interrumpir el trabajo con el turismo, sino en revelarlo sin comprometer su funcionamiento.
¿Resuelve el problema la hotelería?
Las tipologías de la arquitectura hotelera operan bajo un conjunto de métricas y variables totalmente distinto. Estas estructuras son sumamente eficaces en la modulación del confort, la orientación, la facilidad de movimiento y la experiencia de estancia, logrando una vivencia satisfactoria para el público a través de un recorrido intuitivo y señalizaciones claras. Los espacios se estructuran en secuencias para generar expectativa, propiciar el descanso y dirigir la atención hacia aquello que el lugar desea que el/la visitante recuerde. Estas intenciones espaciales y narrativas, cruciales para una secuencia de hospedaje exitosa, no se integran de manera intuitiva en los edificios agrícolas o en las granjas activas.


En la práctica actual, muchos sitios de agroturismo resuelven esta tensión adoptando una estética, una paleta de materiales, referentes históricos y objetos ornamentales específicos para que los/las visitantes asocien la experiencia con la autenticidad rural o el patrimonio agrícola. Un granero restaurado, la cocina de una casa de campo, fachadas de madera desgastada, mermeladas caseras o conservas vegetales sirven como recursos de orientación que transmiten confort y definen expectativas dentro de la experiencia arquitectónica. Si bien las industrias agrícola y hotelera comienzan a entrelazarse, las estructuras de producción de la primera y las experiencias diseñadas de hospitalidad de la segunda revelan tensiones cuando intentan posicionarse únicamente como la extensión de uno de estos dos sectores.
Nuevas tipologías generadas por el agroturismo
La librería Rice Field Bookstore, diseñada por Beeeed Atelier dentro del Parque Agrícola Tanjiawan en Jiaxing, China, expande el repertorio arquitectónico del agroturismo más allá del hotel, el centro de visitantes y la sala de degustación, introduciendo un programa completamente diferente. La cubierta de pendiente invertida del edificio emerge del campo abierto como un hito exento, enmarcando el arrozal circundante a través de muros de vidrio dispuestos tras una estructura de acero expuesta. Se invita a los/las visitantes a reunirse y contemplar un paisaje productivo que se extiende más allá de los límites del edificio. Esta combinación programática sugiere que el entorno construido del agroturismo puede albergar programas culturales y cívicos sin precedentes en ninguna de las dos industrias de origen, ampliando así el potencial de los paisajes agrícolas.


Concebido como el prototipo de acceso para la transición de una granja activa hacia una marca abierta al público, el Proyecto CORO, diseñado por Integrated Field en Suan Phueng, Tailandia, no se planteó como una referencia a la arquitectura agrícola vernácula. En su lugar, el equipo de arquitectura desarrolló un sistema de retícula modular para este sitio, calibrado a una dimensión de 1,5 metros derivada del espaciamiento de los surcos de cultivo, con el fin de unificar la estructura y el mobiliario en un sistema adaptable de superficies móviles y cerramientos reconfigurables. CORO ofrece un lenguaje arquitectónico abierto y adaptable, similar al de una sala de exhibición, diseñado para mostrar la vida agrícola e invitar a un público externo a participar y aprender, más que para servir al proceso agrícola en sí. Cuando el público destinatario pasa de ser el personal de trabajo a ser los/las visitantes, el lenguaje arquitectónico identifica las formas y reglas que ya no aplican a la industria contemporánea del agroturismo.


El Aaranya Farmstay Resort, diseñado por Himanshu Patel de d6thD design studio en el límite del Santuario de Leones de Sasan Gir en Gujarat, India, ilustra un tipo diferente de superposición, donde el alojamiento se sitúa frente a un campo agrícola activo sin ocultar las rutinas de trabajo. Las cabañas están orientadas para minimizar la ganancia térmica y maximizar la ventilación cruzada proveniente de las tierras de cultivo colindantes, empleando cubiertas de terracota, mampostería de piedra y técnicas de construcción locales elegidas por su rendimiento climático, y no para evocar una estética rural de manera superficial. Los/las huéspedes tienen acceso a los campos vecinos, con un cerco vivo y un árbol de mango que marcan la transición entre la cabaña privada y el campo abierto.

El hotel L’And Vineyards, diseñado por PROMONTORIO y studio mk27 en la región de Alentejo, Portugal, funciona como la bodega activa de la propiedad, con la recepción, el restaurante y las suites organizadas en torno a la secuencia de la elaboración del vino —desde la selección de la uva y la fermentación hasta la crianza en barrica y el embotellado—, de modo que la hospitalidad y la producción comparten un único volumen continuo en lugar de ocupar estructuras separadas. Quienes diseñaron el plan maestro se inspiraron para la agrupación de las villas en el «monte», un patrón de asentamiento agrícola histórico del Alentejo, pero reinterpretaron su lógica para programas no tradicionales, incluyendo un spa de bienestar, una piscina cubierta y suites con terrazas distribuidas alrededor de un lago artificial.
Reforzado por sistemas regionales
Las rutas del vino, los senderos del whisky, los olivares y los pueblos pesqueros de la costa pueden estructurar territorios enteros en torno a experiencias turísticas planificadas, conectando a productores/as individuales en un itinerario cohesionado. La red de Rutas del Vino de España vincula bodegas individuales en regiones vinícolas designadas dentro de un recorrido coordinado, con el respaldo de señalización compartida, centros de visitantes e infraestructura de marketing desarrollada conjuntamente por las oficinas regionales de turismo y las asociaciones de productores/as. Esta lógica, en la que el público experimenta una secuencia planificada a escala regional, rige los circuitos del aceite de oliva en la Toscana, las rutas del whisky en Escocia y las rutas del queso que conectan a productores/as individuales en el medio oeste de los Estados Unidos.


Las oficinas regionales de turismo y las administraciones locales diseñan activamente estas rutas, a menudo en colaboración con los/las agentes y productores/as locales, para tejer una narrativa coherente en el paisaje. De este modo, muchos de los ejemplos más exitosos de agroturismo contemporáneo funcionan como un sistema arquitectónico integral, que conecta los edificios, los paisajes productivos, las carreteras y caminos que los enlazan, y la infraestructura narrativa común en toda la red.
Diseñando la nueva industria
El patrimonio rural y la memoria cultural arraigada en un paisaje productivo son valiosos para las comunidades y, por lo tanto, merecen ser protegidos. Sin embargo, la preservación se ha convertido en el lenguaje arquitectónico predominante del agroturismo debido a que los/las diseñadores/as siguen asumiendo que están interviniendo en un paisaje agrícola o expandiendo un programa meramente agrícola. Desde el punto de vista económico, están diseñando para una industria turística o educativa, y las tipologías arquitectónicas han evolucionado a un ritmo más lento que la economía de destino. Las tensiones entre la programación utilitaria y la narrativa, así como entre las métricas de producción y el éxito de la experiencia de los/las visitantes, sugieren que un agroturismo exitoso no puede lograrse tratando a esta industria híbrida como la simple extensión de una sola rama.


Cuando un proyecto rural se plantea como la reutilización adaptativa de un espacio agrícola —ya sea la renovación de un granero o la conversión de una casa de campo para habitaciones de huéspedes—, la granja activa se asume como una condición fija y la hotelería se añade de manera puramente ornamental. En la época en que el agroturismo era un complemento menor de los ingresos agrícolas, este enfoque resultaba lógico y beneficiaba directamente a todas las partes. En cambio, en las prácticas contemporáneas de agroturismo, las economías de visitantes se construyen directamente sobre paisajes agrícolas o productivos, generando nuevas fuentes de ingresos, patrones de empleo e inversiones regionales.
El agroturismo funciona como un sector económico diferenciado, que ha trascendido los modelos de agricultura y hotelería de los que proviene. Reconocerlo como una categoría propia implica que los/las arquitectos/as y diseñadores/as deben abordarlo con nuevas tipologías de diseño, nueva infraestructura regional y nuevas exigencias de programación y narrativa.


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Este artículo fue escrito por Olivia Poston. La traducción fue realizada mediante IA.