En 1922, Albert Einstein se encontraba en un hotel de Tokio cuando, al no disponer de suelto para dar una propina a un botones, le entregó una nota manuscrita en alemán. En este momento, el famoso físico había sido notificado de que recibiría el Premio Nobel y en aquel papel dejó plasmada una profunda reflexión vital que se puede aplicar perfectamente ahora: «Una vida tranquila y modesta trae más felicidad que la persecución del éxito combinada con inquietud constante»
Casi un siglo después, esa improvisada nota se vendió en una subasta en Jerusalén por 1,3 millones de dólares. Y aunque los archivistas de la Universidad Hebrea advierten que es imposible saber si la frase reflejaba el sentir de Einstein sobre su reciente fama mundial, la psicología moderna se ha encargado de demostrar que su intención no iba mal encaminada.
Las metas extrínsecas. La primera advertencia de Einstein apunta directamente contra la «persecución del éxito» que es un concepto que la psicología del comportamiento lleva décadas analizando. Y aquí el trabajo fundacional de Tim Kasser y Richard Ryan sobre la teoría de la autodeterminación ya establecía una línea roja clara sobre los peligros de centrar nuestra vida en objetivos puramente externos y en ir pasando de un objetivo a otro sin disfrutar un poco de lo que hayamos conseguido.
Pero no se quedó aquí, porque años más tarde, un revelador estudio que hizo seguimiento a universitarios recién graduados demostró empíricamente la teoría del físico. Aquí los investigadores observaron que alcanzar metas intrínsecas mejoraba de forma importante la salud mental de los jóvenes. Por el contrario, lograr objetivos extrínsecos ligados al éxito material y social no solo no aportaba bienestar, sino que iba en contra de tener una buena salud mental.
La inquietud constante. Este es el segundo gran pilar que encontramos en esta reflexión de Einstein en una simple nota. Y es aquí donde la psicología apunta a que la búsqueda ansiosa de la felicidad es la forma más rápida de alejarla de nosotros.
Y no es una idea tonta, porque las investigaciones que se han llevado a cabo demuestran que valorar en exceso el hecho de ser felices resulta contraproducente. Algo que tiene sentido, ya que al elevar nuestras expectativas de forma artificial, nos volvemos mucho más vulnerables a la decepción.
La calma. Frente a la agotadora carrera por el éxito y el reconocimiento, la receta del Nobel apostaba por la paz mental, que a día de hoy se define como un estado interno de profunda serenidad y armonía. Y los datos globales actuales respaldan de forma aplastante esta visión, puesto que el Informe Mundial de la Felicidad de 2022 apuntó a que la inmensa mayoría de las personas, en casi todos los países del mundo, prefieren una vida tranquila
Esta tesis también ha sido rematada recientemente por el Global Flourishing Study de 2024, que es el mayor estudio longitudinal sobre bienestar mental realizado hasta la fecha con más de 200.000 participantes. Y aunque existen matices culturales importantes, la tendencia global demuestra que cada vez valoramos más la calma sobre la presión del éxito.

