Home technologyHemos visitado las oficinas de Magnific: hace 15 años vendía fotos de stock, hoy quiere ser el Photoshop de la era de la IA desde Málaga

Hemos visitado las oficinas de Magnific: hace 15 años vendía fotos de stock, hoy quiere ser el Photoshop de la era de la IA desde Málaga

by markoflorentino@icloud.com


Hace seis meses, Xataka entregó por primera vez el Premio especial a la mejor empresa tecnológica española, y la ganadora fue Freepik. En aquel momento ya se intuía que la transformación de la empresa malagueña iba muy lejos. Lo que no se sabía aún es que el siguiente paso sería renunciar a su nombre tras más de tres lustros. Este reportaje, escrito tras una visita a su sede en pleno proceso de rebranding, es la continuación de aquella historia.

El número 13 de la calle Molina Lario está a menos de cien metros de la catedral de Málaga. Por aquí pasan las procesiones de Semana Santa y los turistas que se acaban de bajar del crucero. La fachada del Edificio Málaga no llama mucho la atención. Para llegar a las oficinas de la empresa hay que subir hasta la quinta planta, lo cual ya es la primera contradicción del lugar: la recepción está en la quinta. No en la primera, ni en la entreplanta, sino seis tramos de ascensor por encima del nivel de la calle.

Cuando las puertas del ascensor se abren, todo se entiende mejor. La quinta planta está en obras. En la pared del rellano, casi tapada por una pila de escombros, queda un mural pintado con la antigua identidad visual de Freepik: azul, alegre, lleno de graffitis que mezclan el arte realista con el retrofuturista. Está manchado. El suelo está tan sucio como el de cualquier reforma. Sigue allí porque todavía no han tenido tiempo de cubrirlo. En unas semanas habrá desaparecido, cuando la reforma haya terminado y el mural haya sido repintado en los tonos sobrios que ahora visten al resto de la empresa: un marrón vinoso que la propia compañía llama ‘magenta’ y que no se parece en nada al azul Piki que durante mucho tiempo ha sido la enseña de Freepik.

freepik
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Antiguo mural e identidad visual de Freepik en una planta que todavía está en mitad de una reforma. Una imagen simbólica en pleno mayo de 2026. Imagen: Xataka.

El mural con escombros es, sin querer, la imagen exacta del momento que vive la empresa.

Lo que cambió antes del nombre

A finales de abril de 2026, la empresa anunció que dejaba de llamarse Freepik para pasar a llamarse Magnific. El nombre lo tomó de una herramienta que compró casi dos años antes, en 2024: un upscaler de imágenes fundado por los también españoles Javi López y Emilio Nicolás, dos figuras muy conocidas en el ecosistema tecnológico hispano. Magnific era, en el momento de su compra, una herramienta querida por una comunidad creativa exigente, con resultados que muchos consideraban superiores a los de cualquier otro upscaler del mercado.

Que la empresa grande acabe adoptando el nombre de la pequeña que compró es, cuanto menos, inusual. Pero quien lleve unos meses cerca de la compañía sabe que la decisión no llega de hace dos semanas, sino que se ha cocinado durante años.

«Freepik denota utilidad», explica Omar Pera, Chief Product Officer, en una sala de reuniones junto al comedor. «Si nos llamáramos ‘Fotos Gratis‘, todo el mundo entendería el cambio. Como Freepik puede tener una connotación un poco mejor para los no hispanohablantes, costaba más explicarlo. Pero la utilidad ya no nos define. Somos una plataforma creativa que quiere ayudar a la gente a mostrar su talento usando la inteligencia artificial para elevarlo, no para sustituirlo. Eso no se conseguía con la marca Freepik».

Joaquin Cuenca
Joaquin Cuenca

Joaquín Cuenca. Imagen cedida.

Joaquín Cuenca, fundador y CEO de la compañía, lo cuenta con la perspectiva de quien lleva dieciséis años en esto. «Empezamos siendo un buscador de imágenes que estaban en internet. A los cuatro años cerramos los resultados que no eran nuestros. Dejamos de ser sólo imágenes gratuitas y metimos suscripción. Dejamos de ser sólo ilustraciones y metimos fotografías, iconos, presentaciones. Llegamos a ser número uno del mundo en iconos y en presentaciones. Dejamos de tener publicidad, que había sido la única forma de ingresar. Dejamos de tener afiliación. Y hace un año dejamos de vender acceso a imágenes y pasamos a vender la herramienta que las genera. Y hace muy poco hemos empezado a vender la herramienta que hace vídeos». Hace una pausa. «El nombre original ya hace tiempo que no casaba con lo que hacíamos. Llevaba un poco a equívoco. Era el momento de cambiarlo».

El all-in que hizo el CEO antes que nadie

Pera llegó a la empresa hace dos años y medio. Antes había fundado una startup de IA que acabó vendida a Meta, donde dirigió un equipo dentro de WhatsApp. Cuando dejó la compañía, planeaba mudarse de Nueva York a Miami a descansar. Tres semanas después del nacimiento de su segunda hija, se descubrió emprendiendo otra empresa de bots de voz. Llamó a su mentor Andrés Torrubia para confesar que tenía síndrome del impostor. Torrubia le sugirió una tercera vía: hablar con Joaquín Cuenca, a quien Pera había conocido tres minutos en un evento. Ese sábado por la tarde, Pera estaba en la piscina cuando descolgó el teléfono. La conversación duró dos horas y cuarenta minutos. Tres semanas después tenía una oferta. Pera vendió los muebles de Nueva York y se instaló con su familia en Málaga.

Cuenca le encargó algo concreto: innovar dentro de Freepik como si fuera una empresa independiente. La primera decisión que tomó Pera fue contraintuitiva. El departamento de Labs, donde se incubaba el I+D, ya existía y era grande. Pera lo redujo. Se quedó con cuatro personas, dos ingenieros, un diseñador y él mismo, y los puso a construir un producto desde cero, pensando como si Freepik no existiese. No como una extensión del banco de imágenes. No como un complemento al stock que entonces seguía creciendo y dando dinero. Sino como una pieza que pudiera, literalmente, canibalizarlo.

«Lo que hicimos fue prototipar, lanzar, aprender, prototipar, lanzar, aprender», recuerda Pera. «Vamos a hacer un producto que destroce la compañía desde fuera, pero desde dentro«. El resultado de ese pequeño equipo fue Pikaso, un generador de imágenes con control en tiempo real que se convirtió en el primer ladrillo de lo que hoy es la suite creativa de Magnific.

Omar Pera
Omar Pera

Omar Pera. Imagen cedida.

Pero el all-in en IA no lo decidió Pera. Lo había decidido Cuenca meses antes, prácticamente solo. «La decisión ahí fue muy personal», admite el fundador. «La mayoría de la gente subestimaba el impacto que iba a tener la IA. La única persona del entorno cercano que lo veía igual de claro que yo era Andrés Torrubia, un consejero nuestro».

La conversión de Cuenca, según él mismo la cuenta, tiene una fecha concreta. La primera versión de DALL-E le pareció decepcionante. Pensaba que la inteligencia artificial podía hacer ciertas cosas bien, como caras de frente, pero que no llegaba a la genericidad creativa. Que elegir la parte más creativa seguía siendo algo humano. «Con DALL-E es la primera vez que se empieza a romper esa barrera y yo la menosprecio. Empezamos a crear un equipo para hacer mejora operativa con IA, pero las imágenes tenían una calidad que para entonces yo no veía ni medio remotamente similar a lo que teníamos en stock. Pero ya se veía que conseguía entender, que conseguía hacer cosas más generales».

DALL-E 2, nueve meses después, fue el punto de no retorno. «Es como el primer ChatGPT. Te impacta, y vale que no siempre da la respuesta correcta, que tiene alucinaciones, pero ya ves algo. Y dices: si esto va mejorando, nada más que sea a la mitad de la velocidad con la que va mejorando, esto es una locura». A partir de ahí, el equipo directivo de Freepik se dividió en dos campos. El de los que querían convencerse de que la IA aún no tenía calidad suficiente, una posición que Cuenca describe sin acritud pero con precisión: «En todas las empresas grandes hay un gran interés en rebajar la importancia de algo que afecta tu negocio». Y el campo en el que estaba él. «Yo venía de haber mandado ese mensaje con DALL-E y de haber visto lo que pasó con DALL-E 2. Ya no tenía ninguna duda».

La lógica de Pera para defender la apuesta era casi de árbol de decisión

  • Si la IA reventaba todos los sectores, hacer all-in era lo único que daba opciones de sobrevivir.
  • Si la IA crecía a un ritmo medio, quien hubiera apostado fuerte estaría mejor posicionado.
  • Y si la IA se quedaba a medio camino, lo único que se habría perdido era dinero.

«Pero es que Freepik era rentable y tenía un balance sheet sano», argumenta Pera. «La decisión era fácil si la analizabas así».

El gremio y la cultura del Claude Code

Sofía López, que lidera buena parte del product marketing, vivió la transición desde dentro. Entró en 2022 en el equipo de Wepik, un editor de plantillas online. Es historiadora del arte y antes de Freepik trabajaba en la agencia que llevaba la comunicación de varios museos. Recuerda que cuando llegó Pera, la sensación interna fue algo ambigua. «Mucha gente estaba todavía descargándose recursos del stock. Era como decir: ‘oye, somos un negocio exitoso, no me vendas la moto de que ahora somos otra cosa’. No fue un ‘ellos contra nosotros’º, pero sí hubo que digerirlo».

Lo que ayudó, cuenta, fue el sentido de urgencia que se instaló a partir de 2023. La empresa empezó a hacer reuniones internas que llamaban «el gremio», una cada dos semanas, para contar qué había salido nuevo en la industria. Qué modelo había aparecido. Por qué importaba. Qué eran los LoRA, esos pequeños modelos que se acoplan a los grandes y permiten reproducir un estilo o un personaje con coherencia. «La gente tenía hambre», recuerda López. «Te paraban por el pasillo y te pedían cursos, artículos, lo que fuera. Querían entender qué estaba pasando».

Sofia Lopez
Sofia Lopez

Sofía López. Imagen cedida.

Esa cultura de la curiosidad técnica desbordada hacia toda la plantilla viene de arriba. Cuenca es un usuario notoriamente intensivo de Claude, el asistente de Anthropic. Empezó a usar Claude Code, la versión para terminal que permite delegar tareas de programación a un agente, a finales de 2025. El primer experimento le sorprendió. «Un programa completo, relativamente complejo, lo pudo hacer en cuatro o cinco horas mientras los niños pululaban por la casa», recuerda. «Me impactó que la lógica ya estaba».

A partir de ahí decidió abrir Claude Code a toda la empresa, no sólo a perfiles técnicos. La razón, contada por él mismo, va más allá de la productividad. «Veo una oportunidad para que los ingenieros lo usen, por supuesto. Pero también veo que los ingenieros tienen que empezar a entender de producto, porque la parte ejecutora deja de ser un trabajo. Y muchos me van a crucificar por esto, pero deja de ser un trabajo. Está dejando de serlo hoy, y en unos meses desaparece del todo». Su recomendación a los equipos es radical: que empiecen a entender el código como código ensamblador, una capa intermedia que ya no hace falta inspeccionar. «Yo no estoy programando, no lo veo. Tengo un equipo que programa. Miro el resultado y miro si hace lo que yo quiero que haga».

López lo describe en términos más cotidianos. En una de sus últimas presentaciones importantes le pidió a Claude que le maquetara las diapositivas enteras en HTML. Después de ver el resultado, decidió no volver a abrir nunca PowerPoint.

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Sofía López, de espaldas, trabajando en la suite de Magnific con su portátil. Imagen: Xataka.

La quinta planta y las otras siete

La oficina del Edificio Málaga no se parece a las fotos que normalmente acompañan a este tipo de reportajes. No es un campus en California. No es una sola planta diáfana con mesas de ping-pong en el centro. Magnific ocupa las plantas primera, segunda y quinta enteras, y partes de la tercera, la cuarta y la séptima. Salas de reuniones diseminadas, hot desks donde los empleados llegan con el portátil y se enchufan a un monitor, y mesas fijas para quien las quiera.

oficinas de magnific
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El asimétrico reparto de Magnific a lo largo de las siete plantas del Edificio Málaga. Imagen: Xataka.

Por dentro, conviven todavía dos identidades visuales que van más allá del cambio de nombre y de logo. Una sala tiene siete butacas cada una con las formas de las letras F R E E P I K. En otra reposa Piki, un robot enorme, mascota de hace dos rebrandings, que ahora apela a una etapa con distinta ambición. Los rellanos del edificio sí están actualizados al nuevo logo. Por dentro, la transición avanza a la velocidad a la que llegan los albañiles.

robot freepik magnific
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Arqueología de Magnific: de cuando se llamaba Freepik (hace un rebranding) y su mascota era el robot Piki (hace dos rebrandings). Imagen: Xataka.

freepik magnific
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Más restos de la identidad visual anterior. Imagen: Xataka.

La empresa tiene algo menos de 300 personas en Málaga, unas 30 en San Francisco, y supera las 400 en total. Hay también una oficina en Cartagena de Indias (Colombia), que llegó por la compra de Original Mockups, una empresa colombiana, y desde donde hoy se desarrolla íntegramente Spaces, la herramienta colaborativa que ha resultado ser uno de los productos estrella del último año. El científico jefe de IA, Iván de Prado, trabaja desde Segovia. Cuenca lleva una temporada viviendo en el Reino Unido. Javi López y Emilio Nicolás, los fundadores de Magnific, son murcianos y supervisan desde donde estén; Emilio centrado en operaciones, Javi aportando visión de producto. Ambos reportan a Cuenca.

El día que visitamos la oficina es un lunes. Hay pocos empleados a la vista. Cuentan en relaciones públicas que los lunes y los viernes la mayoría trabaja desde casa, y que los jueves es cuando la oficina se llena. Lo que se oye en los pasillos es español, y con un marcado acento malagueño en la versión que sonríe sin esfuerzo, con esa cadencia que hace que cualquier reunión, por crítica que sea, suene un poco a sobremesa. En la cocina, un comedor amplio con neveras llenas de bebidas, una mesa de ping-pong, una diana de dardos y una pantalla que a las 13:30 anuncia el menú del día, hay tres o cuatro personas a media mañana.

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Parte de la entrada a las oficinas de Magnific, con pingpong, dardos, butacas con las letras de la marca anterior y algunos pequeños escritorios auxiliares al fondo. Imagen: Xataka.

oficinas magnific
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Imagen: Xataka.

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Imagen: Xataka.

Microsoft Word, no Photoshop

Si Magnific se hubiera quedado en hacer mejor lo que ya hacía Freepik, este reportaje sería innecesario. Lo que la distingue, en realidad, es dónde ha decidido jugar dentro de la cadena de valor de la IA.

La pregunta tiene una respuesta corta: en la capa de aplicación, no en la de modelo. «Hicimos un modelo propio con nuestros propios datos», admite Pera. «Tenemos un upscaler de imagen y otro de vídeo que son los mejores del mercado. Pero crear un modelo fundacional generalista que destrone a Nano Banana o a Seedream sería otro tipo de empresa. Otra inversión. Otro juego. Sería como si Europa o una empresa privada se pusiera a competir contra ChatGPT a nivel de modelo. Es una batalla perdida».

Cuenca matiza esa lectura, pero la confirma. «Lo que para mí es una batalla perdida es hacer modelos que compitan frontalmente con exactamente el mismo objetivo que los modelos que están haciendo Google, ByteDance, Meta, OpenAI o Anthropic. Como no vayas con 100.000 millones, no sabes qué estás haciendo. Esa es más o menos la inversión anual de esa gente. Nosotros no tenemos esa capacidad». Pero hay modelos posibles más allá de los fundacionales. «Hay modelos en los que ellos no están trabajando. Modelos un poco más nicho. Eso me parece absolutamente válido. Nuestro propio modelo de upscaling. Modelos que te ayudan a pasar a HDR. Modelos que te ayudan a mejorar cosas que no son el modelo central en el que está pensando Google. Eso me parece interesante y competitivo».

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Interfaz de Spaces, una de las funciones estrella lanzadas por Magnific en los últimos meses: un lienzo colaborativo con flujos de IA. Imagen cedida.

La pregunta inevitable, sin embargo, es por qué Magnific puede ganar la capa de aplicación si Google, Adobe o Canva también la quieren. Aquí Cuenca hace la analogía más afilada de la conversación. «Históricamente, Google ha hecho algo como Microsoft Word. No ha hecho algo como Photoshop. Photoshop es nicho. Es para profesionales. Diez, cien millones de usuarios. Microsoft Word es mil, dos mil, tres mil millones. Eso sí es objetivo para ellos. Nosotros hacemos una aplicación para profesionales: estudios de cine y agencias de marketing. Nuestra visión es que el marketing y la producción audiovisual se van a fusionar. Que las marcas se van a convertir en estudios porque la producción se facilita mucho. Google, Meta y compañía aspiran a un público de masas y a un caso de uso más básico. Eso no nos toca».

La consecuencia de esa lectura es que Magnific se ha posicionado como plataforma agregadora, ofreciendo acceso a los mejores modelos del mercado (Google, ByteDance, el laboratorio europeo Black Forest Labs que crea los modelos Flux) y construyendo encima la capa donde puede generar valor: orquestación, colaboración, control. La idea, repetida por todos los entrevistados, es que la magia plana, el clic y resultado instantáneo, ya la dan otros. Lo que el cliente profesional necesita es una varita, no un truco. Control sobre la luz. Sobre los ratios. Sobre la coherencia visual entre tomas. Sobre quién ve qué dentro de un equipo. Esa es la apuesta.

Sus competidores ya no son Shutterstock o Getty, que se fusionaron en 2025 para sobrevivir y a los que Pera reconoce que ha dejado de mirar hace años. Tampoco los modelos puros como Midjourney, al que sitúa en un nicho propio centrado en ideación. Sus competidores hoy son Adobe Firefly, Runway, Higgsfield, Artlist. Y, en cuanto a equipos grandes, Canva, que compró Leonardo hace tiempo pero que, según Pera, lo ha dejado apagarse. Magnific cobra a un millón de usuarios de pago al mes por estar en esa capa.

Microgestos

Para entender qué se vende exactamente en esa capa, hablamos con Melissa Diago. Llegó a Freepik como retocadora fotográfica y hoy lidera uno de los equipos que la empresa llama AI Artists. Su trayectoria personal contiene, en pequeño, toda la transformación de la compañía.

Diago empezó a usar IA generativa por su cuenta antes de que fuese parte de su trabajo. Le gustaba el fotomontaje y descubrió DALL-E como una forma de generar elementos sueltos para sus propias composiciones. Cuando en septiembre de 2022 la empresa decidió montar una pequeña línea de producción interna para experimentar con IA, le ofrecieron el puesto. Tuvo que pedir un mes y pico para investigar. «Era todo nuevo. ¿Qué era un prompt? Había estado con DALL-E, pero íbamos a usar otra herramienta. Le dediqué horas al ensayo y error hasta entender cómo se comportaba cada modelo».

Melissa Diago
Melissa Diago

Melissa Diago. Imagen cedida.

Hoy su día a día consiste en producir contenido para campañas internas de marketing y, fuera de la empresa, seguir explorando los límites de los modelos para proyectos propios, a menudo con músicos. Cuando le preguntamos cuánto del resultado final es suyo y cuánto del modelo, ofrece una distinción que parece haber elaborado en muchas conversaciones previas. «Si yo escribo ‘cocodrilo’ y le doy a generar, eso no lo siento mío. Para mí es mío cuando le he dado una dirección, he hecho una selección entre lo que me ha dado, lo he procesado, mi mano ha intervenido. Cuando ya no es sólo escribir palabras y pulsar un botón».

La distinción importa porque toca uno de los nervios públicos del momento. Diago no rehúye la conversación. Su hermana es pintora y al principio era reticente a la IA, hoy la usa para bocetar e idear. «No hay nada que eche de menos del trabajo anterior. Antes, para hacer la portada y el videoclip de un músico, había que planificar un estudio, buscar localizaciones, gastar dinero. Ahora podemos idear directamente. Eso me agiliza muchísimo».

Pero también describe los límites. Trabajó hace poco con una cantante malagueña amiga suya. La parte técnica salió bien, pero a la artista le costaba reconocerse en las imágenes generadas. «Ya de por sí a veces a uno le cuesta verse en una foto normal. Imagínate cuando es un programa el que está interpretando tu cara y la representa de una manera concreta. Yo a ella sí la veía. Ella no. Y a nosotras se nos hizo bola, porque teníamos que sacar los visuales de un disco entero. Al final salió, pero costó». Pregunta obligada: ¿qué siguen sin saber hacer los modelos que ella sí sabe hacer? Su respuesta es seca. «Representar la realidad al 100%. Hay un 1% que nunca cuadra. Y ese 1% es el que está hecho de microgestos».

Cuando le preguntamos qué busca al contratar para su equipo, descarta el concepto que estuvo de moda hace tres años. «El prompt engineer no es lo que necesitamos. Cualquiera que sepa escribir bien puede aprender a escribir un prompt. Lo que importa es la cultura visual. La capacidad de mirar lo que sale y decidir si vale o no. Si lo único que consumes son vídeos cortos de gatitos en Instagram, te va a costar generar nada bueno cuando llegue un encargo serio. Hay que nutrirse de lo que se quiera crear». Es un consejo, dice, que le dio un profesor hace mucho.

Las grietas honestas

Ninguna empresa que crece tan deprisa lo hace sin costuras. Magnific tiene las suyas, y la propia compañía las reconoce.

La más explícita la ofrece el propio Cuenca. Cuando le preguntamos si hay alguna decisión de los últimos años de la que se arrepienta, no esquiva. «Cuando empezó a haber IA, permitimos que los contribuidores que tenemos, los que nos suben contenido, pudiesen subir contenido hecho con IA, sabiendo que la calidad de esas imágenes era mediocre comparado con las hechas de forma tradicional. Eso contaminó la calidad de la librería que vendíamos».

La defensa que ofrece es estratégica. «Pero el decir ‘admitimos imágenes hechas por IA’ mandaba un mensaje al mercado: nosotros no creemos que sea antiético, creemos que es una herramienta más que puede usar un creativo. Y ese mensaje lo teníamos que mandar». Lo dice con la franqueza poco habitual de quien sabe que una empresa de su tamaño no puede permitirse fingir que no ha tomado decisiones difíciles: asumieron una erosión en la calidad promedio de su catálogo a cambio de comprar posicionamiento futuro.

La segunda grieta es el ritmo interno. Cuando le preguntamos a Sofía López qué le inquieta de lo que viene, su respuesta es de las que suenan a confesión y no a portavocía. «Me inquieta que el ritmo vertiginoso no nos deje tiempo para pensar. No digo que tengamos que parar el mundo, no es eso. Pero a veces, sacar por sacar… ¿hasta qué punto? Eso me preocupa. Que haya algún misstep por el camino».

La tercera es la marca paraguas. Pera la nombra antes de que se la mencionen. «El rebrand de Twitter a X es el ejemplo de un rebrand fallido. La marca anterior nunca se va. Lo que no queremos es que todo el mundo siga llamándonos Freepik». A día de hoy, los usuarios todavía dicen Freepik. Los empleados todavía dicen Freepik a veces. Sofía López lo reconoce sin disimular. «Llevo cuatro años trabajando en Freepik. De vez en cuando tengo pequeñas patinadas mentales y se me escapa». Lo que la empresa apuesta es que doce o dieciocho meses bastarán para que la sustitución se produzca. No es seguro. Ningún rebrand corporativo lo es.

La cuarta es la pregunta sobre la comunidad de contributors en su estado actual, los miles de diseñadores que durante años subieron recursos a Freepik para que el banco creciera. Cuando le preguntamos a Sofía López por la relación actual con ellos, reconoce que no es algo que conozca de cerca. «Sé que muchos siguen ahí. Nos pasa en la comunidad que hay gente que nos dice: ‘llevo doce años contigo’. Pero cómo es hoy la relación con ese colectivo no sabría decirte». La respuesta es honesta. También deja un hueco. Una empresa que se construyó sobre una comunidad de creadores y que ahora se posiciona como plataforma de IA tiene que reconciliar las dos historias en algún momento, y no está claro que esa conversación se haya cerrado.

La quinta es la pregunta sobre EQT, el fondo de capital privado sueco que es accionista principal desde 2020. Cuando le preguntamos a Pera si hay presión por una salida que explique la aceleración de los últimos dos años, su respuesta sorprende. «EQT se ha adaptado al nuevo Freepik de una forma que es casi una anomalía dentro del private equity. Han sido flexibles, han ayudado, han entendido». Es elogiosa, pero esquiva la pregunta original. La presión por una salida, en algún momento, llegará. Lo que esté construido para entonces decidirá la historia. Y desde fuera ya intuíamos lo que nos corrobora: la de EQT con Freepik, ahora Magnific, es una hermosa anomalía dentro del private equity.

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Lo que se está construyendo

Cuando le preguntamos a Pera dónde se la juega Magnific en los próximos dieciocho meses, identifica dos frentes:

  1. El primero es consolidarse como plataforma de referencia para los equipos creativos profesionales antes de que el mercado, que considera puede multiplicarse por diez o por cien, se asiente.
  2. El segundo es una apuesta de futuro llamada Magnific Originals: un estudio propio, en colaboración con creadores y artistas, que produce o coproduce contenidos largos pensados para distribuirse en plataformas. Series, cortometrajes, formatos por inventar.

«Tenemos que hacer este tipo de apuestas al menos una vez al año», explica. «Apuestas fuera de lo ordinario, en las que estamos construyendo no sobre cimientos fijos sino sobre placas tectónicas en movimiento. Por ver si funciona». Es un giro arriesgado, porque pasa de vender herramientas a crear contenido. Pero conecta con algo que dicen todos los entrevistados: que entre sus clientes hay ya estudios de streaming y de cine que usan Magnific en producciones de primera línea, aunque la mayoría todavía pide no ser nombrada. La industria audiovisual está usando IA generativa en cantidades industriales y casi nadie lo dice. Magnific quiere ser el primero al que se le permita decirlo.

Y, en el peor escenario, ¿qué tendría que pasar para que dentro de cinco años Magnific ya no exista? Cuenca responde con la confianza serena de quien ya se ha hecho la pregunta. «Sería que no hemos conseguido darle nada valioso a los usuarios. Que no hemos entendido bien sus necesidades, ni cómo aportar valor con la tecnología que existía. Yo creo que estamos muy lejos de eso».

La planta cinco, otra vez

Las empresas no cambian cuando cambian de nombre. Cambian, y un día el nombre que tenían se les queda pequeño. Eso es lo que ha pasado aquí. El giro estratégico (el all-in en IA que Cuenca decidió prácticamente solo, la canibalización deliberada del stock, la apuesta por la capa de orquestación y control en lugar de por el modelo) llevaba ya dos años funcionando antes de que cambiara la cartelería de los rellanos.

Cuando uno baja en el ascensor desde la quinta planta hasta la calle Molina Lario, vuelve a pensar en el mural pintarrajeado y polvoriento que sigue allí. En la geometría azul de Freepik tapiada por escombros del cambio. Es probable que cuando los pintores acaben de hacer su trabajo, esa pared no transmita ni la mitad de lo que transmite hoy. Pasará a ser un rellano nuevo, sobrio, limpio, magenta. Tal vez sea mejor. Tal vez sea el reflejo de una empresa que por fin se llama como hace lo que hace. Pero la versión sin terminar dice algo que la versión terminada ya no podrá decir: que aquí dentro hay una empresa cambiando de piel y todavía no la ha mudado del todo. Que el azul Piki sigue debajo, aunque sea como recuerdo, y que los empleados que llevan más de diez años todavía se descubren diciendo «Freepik» cuando alguien les pregunta dónde trabajan.

En el comedor, las palmeras que se comieron el día del relanzamiento llevaban impreso el nuevo logo (0:55). Las habían traído de la Kiki, una cadena de confiterías icónica en la provincia. El rebranding cambia los rellanos del edificio, los logos, hasta el color corporativo. Lo que no cambia es de dónde se traen las palmeras en los días importantes.

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