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La guerra, ¿inevitable?

by Marko Florentino
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La guerra. La terrible guerra. Creíamos que nunca la conoceríamos y nos equivocamos, como en tantas cosas. Ya la escuchamos rugir, cercana, con sus fauces siempre sedientas de sangre, dolor y muerte. Como una maldición de antiguos y malvados dioses, la guerra siempre vuelve a llamar a nuestra puerta, exigiendo su tributo de masacre y destrucción. ¿Cómo, a pesar de los avances inimaginables y del conocimiento acumulado, seguimos tropezando en la misma piedra? Creíamos haber aprendido de las horrorosas matanzas de las dos guerras mundiales, pero, desgraciadamente, cometemos esos mismos errores que, de mantenerse en el tiempo, nos conducirán, ineluctablemente, al mayor de los combates que vieran los siglos. ¿Pesimista? En absoluto. Simple observador de la historia y de las señales que nos deja este presente azaroso.

Qué le vamos a hacer. Décadas siendo educados en la paz, con la mayor alfabetización de la historia, con una sensible mejora en las condiciones de vida de un altísimo porcentaje de la población mundial, con un desarrollo tecnológico y científico sin precedentes, entre otros evidentes logros, para, al final, volver a destriparnos bajo obuses, misiles y drones. Volver a la casilla de salida, la sangrienta rueda de la historia que gira y gira sin cesar. Ya escuchamos aquello de que la generación que conoce una guerra y sus hijos se conjuran para no volver a caer en ella. Pero que sus nietos, que no conocieron su horror, vuelven a rearmarse para comenzar la siguiente. Y, así, una y otra vez, y tiro porque me toca en este juego fatal de la oca de la historia y de la humanidad.

El dolor, muerte y destrucción nos espantan con su grito desgarrador. Apestan a podredumbre y putrefacción. Y ya no se trata de guerra lejanas e impersonales. No. Las bombas llaman a nuestras puertas. Ucrania, Israel, Gaza, Líbano y Yemen. Serbia y Kosovo sufren fuertes tensiones fronterizas, con cruce de disparos esporádicos. Igual ocurre con Argelia y Marruecos. Aunque algo más alejados, Azerbaiyán, Nagorno Karabaj y Armenia no acaban de encontrar una paz que se les muestra esquiva y huidiza. Fichas que se confrontan en el ajedrez maldito de la geopolítica internacional en el que se juega, nada más ni nada menos, la supremacía mundial.

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Estamos en guerra. O, mejor dicho, llevamos un tiempo en ella, y nosotros sin enterarnos. Con las trincheras lejos, sin ensuciarnos las manos, enviamos euros y tanques para que otros pongan los muertos. Guerra posmoderna, híbrida, que hasta hace apenas un año sólo se libraba en el ciberespacio y en las aduanas y que, ahora, desgraciadamente, destruye y desangran, entre otras, las geografías reseñadas. Guerras que se librarán en el espacio, pero que se culminarán en trincheras húmedas y frías. Y estos conflictos, nos tememos, no serán los últimas. Nuevos focos de tensión, nuevos bombardeos y nuevas matanzas jalonarán un mundo empeñado, al parecer de manera irremediable, en encaminarse hacia la guerra total. Ojalá nunca ocurra, pero, visto lo visto, las posibilidades se incrementan en forma de carrera armamentística. Más y más armas para todos. Más fuertes y violentas las bravatas de unos contra otros. Los sables se afilan, los tambores de guerra ya hace tiempo que comenzaron a entonar su tétrica canción con sonora cadencia de muerte.

Los frentes de batalla parecen lejanos, por ahora, a nuestras fronteras, pero, como bien conocemos por experiencia histórica, una vez que comienza un conflicto nunca se sabe dónde acaba y hasta dónde alcanza su honda expansiva. En principio, dada nuestra singularidad geográfica, es probable que quedemos alejados de las zonas calientes. Sólo un conflicto con Marruecos —algunos de sus políticos han vuelto a pedir la adhesión de Ceuta, Melilla y Canarias—, o entre Marruecos y Argelia —que a punto están de liarse a tortas, por cierto— o, en menor medida en el Sahel occidental, acercaría las batallas a nuestras fronteras.

«Si no quieres la guerra, prepárate para ella. Pero, si te preparas, también la tendrás»

Pero estos conflictos que asolan el mundo, ¿son guerras distintas o simples manifestaciones de una confrontación de fondo? Pues, como siempre ocurre con los grandes acontecimientos, un poco de todo. Las fuerzas se reordenan en función de los polos de poder y de las alianzas interesadas. Así, de un mundo unipolar, con Estados Unidos como líder mundial indiscutible, pasaremos a una multipolar, con China y Rusia —ésta en menor medida—, pidiendo su cuota de poder e India llamando a la puerta. Otros países, de menor entidad, pero con vocación de liderazgo regional, como Turquía o Irán, tratan de sacar la cabeza y extender sus tentáculos. Desde su insignificancia económica, pero armada hasta los dientes, Corea del Norte es un gallo en busca de pelea.

En el fondo, son muchos los países y regiones que nos tienen ganas. Los occidentales, con EEUU a la cabeza y nosotros, europeos, detrás, hemos dominado durante siglos el planeta y los hasta ahora dominados tratarán —si les dejamos— de hacernos pagar caro nuestra preeminencia. Que así siempre fue la historia y, por eso, no cabe ni la inocencia ni el desfallecer. Si nos dormimos, seremos arrasados por unos u otros o, quizás, por nuestra propia indolencia. A tocar, pues, el tambor de guerra, rehenes del maldito determinismo histórico que tan bien analizara nuestro oriundo Ibn Jaldún. Si no quieres la guerra, prepárate para ella. Pero, si te preparas, también la tendrás, así que, mejor, que te pille advertido y listo.

Afortunadamente pertenecemos a la OTAN y debemos atender nuestros compromisos. Nos sentimos seguros en ella. Ni Rusia siquiera se ha atrevido a tocar un solo metro cuadrado del territorio de la Alianza. Pero, atención, ¿qué pasaría si EE UU decide replegarse a sus fronteras y dejarnos solos ante el peligro? ¿Atacaría Putin a los países bálticos? ¿Qué haríamos entonces? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que Trump ya ha anunciado profundos cambios en la OTAN, amagando con una retirada, incluso. Si se produjera, los europeos tendríamos que enfrentarnos en solitario a nuestro propio destino, miedo da solo el pensarlo, conociéndonos como nos conocemos.

«Las dinámicas históricas ya han dictado sentencia. Conoceremos la guerra que nunca pensamos que llegaríamos a conocer»

El fatal tic-tac del destino suena con tenaz regularidad. Y nosotros, aplicados, empeñados en cumplir con cada uno de los condicionantes previos de toda gran confrontación: rearmes masivos, ingentes inversiones en equipos militares, grandes soflamas y encubiertas guerras aduaneras, financieras, económicas, tecnológicas. Tocarnos recíprocamente las narices, en román paladino. Y, mientras, seguimos poniendo cruces en las casillas adecuadas para hacer inevitable lo que nunca pensamos que viviríamos. Crónica de una guerra anunciada, como titularía el gran García Márquez, ahora que lanza su novela inédita y póstuma.

En guerra, la actividad económica se acelera en los países de retaguardia. Nosotros ya experimentamos ese canto del cisne. Ojalá, ojalá, las múltiples formas de la hidra guerrera, se queden lejos y desvaídas.

¿Qué hacer? ¿Cómo evitar la guerra, cómo luchar por la paz? Que cada uno responda como quiera, desee o piense. Al final, dará igual. Las dinámicas históricas ya han dictado sentencia. Conoceremos la guerra que nunca pensamos que llegaríamos a conocer. ¿Culpables, inocentes? ¿Qué hicimos mal? ¿Somos los buenos, los malos? Qué más da. No son tiempos de remordimientos. Ojalá no ocurra, pero si se presentara de nuevo el jinete del apocalipsis, con su guadaña afilada, deberemos combatir y ganar. Una derrota sería mucho, muchísimo, peor. Que ahí está la historia para aprender de ella….



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