El color tiene una biografía. Puede tener un origen, pero también transformarse. Puede transitar entre materiales y disciplinas, desde una práctica local hacia la arquitectura, o de algo ordinario a algo simbólico. Puede perder una asociación y adquirir otra, o persistir sin que nadie lo considere conscientemente como algo cultural. Su vida se despliega a través de las condiciones en las que se produce, se utiliza, se repite y se habita. A medida que estas condiciones cambian, también lo hacen los significados que el color puede albergar.
El espacio interior es el lugar donde estas historias convergen. Un color dentro de una habitación puede albergar vestigios de un territorio, de una práctica de la materia, de un clima o de una historia de habitabilidad. Su presencia no depende necesariamente de una intención de representar ninguna de estas cosas.
El color puede integrarse a un lugar mediante la continuidad de los materiales y las formas de vida, adquiriendo una significación que va más allá de la superficie sobre la que se aplica.
