Home technologyMiden 85 metros, no tienen anclas y están conectados a Starlink: los gigantescos «Roombas» marinos que quieren salvar a la IA del apagón

Miden 85 metros, no tienen anclas y están conectados a Starlink: los gigantescos «Roombas» marinos que quieren salvar a la IA del apagón

by markoflorentino@icloud.com


El auge de la inteligencia artificial está devorando la capacidad de las redes eléctricas en todo el mundo, disparando el consumo y las emisiones de carbono. Y esto es solo el principio. Como advirtió Garth Sheldon-Coulson, CEO de la startup Panthalassa, en una entrevista con CBS News: «Aún estamos en el principio de esta demanda». Para solucionar este cuello de botella, los inversores más pesados del sector tecnológico están mirando al mar. Peter Thiel, el controvertido multimillonario cofundador de Palantir y PayPal, acaba de liderar una inyección de 140 millones de dólares en Panthalassa.

¿Pero qué es exactamente Panthalassa? Para entenderlo, hay que borrar la imagen tradicional de una nave industrial llena de servidores. Sheldon-Coulson lo describió con una metáfora bastante peculiar: «Es como ‘una Roomba gigante’, un sistema autónomo y autopropulsado que navega sin anclas por el Pacífico».

La anatomía de un coloso marino. Panthalassa utilizará estos 140 millones de dólares recién recaudados para terminar su planta piloto en Oregón y acelerar el despliegue de su nuevo modelo, el Ocean-3, que se probará en el Pacífico norte en 2026 con vistas a su comercialización en 2027, según detalla ESG Today

No estamos hablando de pequeñas boyas. Las proporciones son colosales. Tal y como explica Financial Times, estas estructuras de acero sólido miden unos 85 metros de largo. Para hacernos una idea, son casi tan altas como el icónico Big Ben de Londres o el edificio Flatiron de Nueva York.

La ingeniería detrás. Tal y como describe Tom’s Hardware, los nodos tienen forma de «piruleta»: una enorme esfera blanca flota en la superficie, mientras que una larga estructura tubular se sumerge en vertical bajo el agua. A medida que las olas pasan, la estructura sube y baja. Este movimiento relativo fuerza al agua del mar a ascender por el tubo presurizado hasta la cámara esférica, donde hace girar una turbina. Al ser un ciclo continuo impulsado por un océano que nunca se detiene, el sistema genera electricidad las 24 horas del día.

Pero aquí es donde reside el verdadero giro de tuerca del proyecto. Históricamente, el gran problema de la energía undimotriz (la de las olas) ha sido el enorme coste de tender cables submarinos para llevar la electricidad a la costa. Según GeekWire, Panthalassa soluciona esto de un plumazo: no envía energía a tierra, sino que la utiliza directamente a bordo para alimentar los chips de IA. Una vez procesada la información, los resultados (tokens de inferencia) se envían de vuelta a los clientes en tierra mediante conexiones satelitales de órbita baja, como la red Starlink de SpaceX.

El fin de los cuellos de botella terrestres. Este enfoque supone un cambio de paradigma radical en la infraestructura tecnológica. «La idea de Panthalassa transforma un problema de transmisión de energía en un problema de transmisión de datos», explica a Ars Technica Benjamin Lee, ingeniero y arquitecto informático de la Universidad de Pensilvania.

Además de la energía inagotable, el océano ofrece otra ventaja vital: el frío. Los centros de datos tradicionales gastan fortunas y consumen millones de litros de agua potable solo para evitar que los servidores se fundan por el calor. En alta mar, la historia es distinta. Como detalla BusinessWire, el océano proporciona «superrefrigeración gratuita», lo que soluciona uno de los mayores retos de ingeniería del sector y alarga la vida útil de los chips.

A esto se suma la creciente resistencia ciudadana. Como apunta Tom’s Hardware, las comunidades locales rechazan cada vez más la construcción de estas inmensas naves industriales terrestres debido al ruido, el acaparamiento de tierras y el desvío de energía. En el océano, simplemente, no hay vecinos a los que molestar ni planes de urbanismo que sortear. Además, como destaca Financial Times, al ser un circuito cerrado de agua sin motores externos ni emisiones, el impacto sobre la vida marina es mínimo, apuntalando su atractivo ecológico.

El reto de domesticar el océano. Por muy revolucionaria que suene la idea, transformar el océano en un superordenador global tiene obstáculos titánicos:

  • El cuello de botella de la conectividad. Como advierte Ars Technica, depender de satélites está bien para «inferencia» (es decir, devolver respuestas en tiempo real a usuarios de ChatGPT o similares), pero los satélites tienen un ancho de banda limitado y latencia. Si se requiere que múltiples nodos oceánicos se coordinen para entrenar un modelo de IA pesado, la conexión satelital simplemente no dará la talla frente a los cables de fibra óptica tradicionales.
  • La furia del mar. Data Center Dynamics subraya que estos nodos tendrán que sobrevivir a condiciones extremas: huracanes, salitre corrosivo y un movimiento perpetuo durante más de una década sin intervención humana ni mantenimiento. 

No están solos en la idea de mojar los servidores. Según Ars Technica, Microsoft ya probó sumergir centros de datos en el lecho marino con su Project Natick, y empresas chinas ya operan infraestructuras submarinas cerca de la isla de Hainan. Sin embargo, Panthalassa es mucho más audaz: al ser nodos flotantes, autónomos y sin cables conectados a tierra, rompen por completo el cordón umbilical con la red eléctrica continental.

Una apuesta a la altura de la desesperación. A pesar del optimismo de los inversores, transformar el Pacífico en la próxima nube computacional no será un paseo en barco. Puede que 210 millones de dólares (la financiación total de la empresa hasta la fecha) parezca una barbaridad para tirar servidores al mar, pero hay que ponerlo en perspectiva. Como destaca Ars Technica, esta cifra es anecdótica si consideramos que las grandes tecnológicas estadounidenses tienen previsto gastar 765.000 millones de dólares en construir centros de datos terrestres solo en 2026.

Frente a la desesperación del sector —que está explorando desde reabrir centrales nucleares abandonadas hasta poner servidores impulsados por paneles solares en la órbita espacial—, la opción de flotar en el océano parece hasta razonable. El objetivo final de Panthalassa, según compartió su CEO, es desplegar miles de estos nodos lejos de las costas. Si logran domar las olas y los cuellos de botella satelitales, podrían haber encontrado el Santo Grial de la IA: «La energía más barata del planeta, infinita, limpia y fuera del alcance de la burocracia terrestre».

Imagen | Panthalassa

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