
Después del regreso de Artemis II a la Tierra, la NASA presentó un nuevo plan por fases para establecer una base en la Luna. Aunque la mayor parte de la atención de los medios se centró en cohetes, presupuestos y competencia geopolítica, una pregunta más silenciosa persistía en el fondo para los arquitectos y arquitectas: ¿cómo puede un ser humano vivir realmente en la superficie de la Luna y por cuánto tiempo? El establecimiento de una presencia humana permanente en la Luna marca un cambio fundamental en la exploración espacial que requiere un nuevo paradigma arquitectónico. En su presentación, los funcionarios de la NASA sugirieron que la estrategia se alejaría de entornos altamente restringidos y dependientes de vehículos hacia estructuras autónomas, adaptativas al sitio y, eventualmente, permanentemente habitables.
El diseño arquitectónico de un puesto avanzado lunar permanente está dictado por las radicales restricciones ambientales del entorno lunar, específicamente su Polo Sur. Dentro de esta área, la NASA ha centrado su interés alrededor del cráter Shackleton y su Cresta Conectante. A diferencia de los entornos terrestres, donde la atmósfera mitiga los extremos térmicos, la superficie lunar carece de atmósfera. Las estructuras deben resistir temperaturas externas que fluctúan entre 120ºC durante los períodos de iluminación y -130ºC durante la noche lunar, mientras que las regiones permanentemente en sombra pueden alcanzar -250ºC.


La ausencia de una atmósfera significa que los profesionales de la arquitectura deben pensar en oposición a la metodología de diseño basada en la Tierra. La luz solar en este entorno será dañina, por lo que los hábitats sin ventanas probablemente serán la estrategia preferida para prevenir exposiciones innecesarias o no protegidas. Al mismo tiempo, debido a que el ángulo bajo de la iluminación solar en los polos crea sombras alargadas, los diseños del sitio deben optimizar la posición de los colectores solares verticales en crestas elevadas mientras colocan los hábitats principales adyacentes a regiones permanentemente en sombra (PSRs) para aprovechar recursos potenciales como el hielo de agua. Además, los arquitectos y arquitectas también deben planificar otras condiciones del sitio: bombardeo continuo de micro-meteoritos y radiación cósmica.
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En ese sentido, el plan comenzará con la fase uno. Esta operación se centrará en la arquitectura móvil y unidades de mapeo del sitio autónomas. Concretamente, se mencionaron dos sistemas de movilidad: Lunar Terrain Vehicle (LTV) y Flexible Logistics and Exploration (FLEX) rover. Desde una perspectiva arquitectónica, estos vehículos son las primeras intervenciones mecánicas en el sitio. Necesitan ser capaces de soportar 150 horas de sombra continua y navegar por el regolito (polvo lunar), lo que puede causar un desgaste mecánico severo. Al mismo tiempo, los drones de mapeo autónomos generarán modelos digitales de terreno de alta resolución. Estos datos topográficos ayudarán a identificar la estabilidad del suelo, los gradientes de pendiente y las zonas de excavación requeridas antes de que cualquier elemento de fundación estática pueda ser anclado a la superficie.


La fase dos conducirá la transición a la primera habitabilidad introduciendo recintos móviles que sirvan como entornos presurizados y de manga corta. El rover presurizado de la Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón (JAXA) y Toyota, llamado Lunar Cruiser, representa una tipología arquitectónica dual: funciona simultáneamente como un laboratorio principal y una vivienda residencial temporal para dos ocupantes durante hasta 30 días. Se pretende que el rover presurizado proporcione un espacio de trabajo seguro y cerrado donde los astronautas puedan vivir, realizar investigaciones y prepararse para excursiones en la superficie. En términos de infraestructura superficial, también se requieren módulos de energía independientes. Esta fase probará el despliegue de sistemas de energía solar y capacidades iniciales de energía nuclear en la superficie para futuros asentamientos.
Finalmente, la fase tres introduce el primer hábitat humano semi-permanente. Consistirá en grandes módulos de habitabilidad conectados a través de nodos estructurales especializados y esclusas rígidas. El diseño espacial está concebido para el confort a largo plazo, separando las zonas de trabajo activas de los cuartos residenciales silenciosos. Para mantener una presión interna constante contra el vacío externo del espacio, estas estructuras utilizan capas rígidas metálicas o inflables multicapa. El principal desafío arquitectónico es proteger estos módulos del entorno térmico y de radiación. Esto se logra planificando que los rovers logísticos autónomos construyan barreras protectoras externas sobre los módulos, asegurando la integridad estructural y la viabilidad de los materiales a largo plazo durante un período proyectado de 10 años.


La viabilidad a largo plazo de la futura arquitectura lunar depende de la Utilización de Recursos In Situ (ISRU) para eliminar la dependencia de la masa entregada desde la Tierra. La ingeniería civil en la Luna se centrará en procesar el regolito lunar crudo en materiales de construcción. Los sistemas robóticos utilizan sinterización, aplicando calor de microondas o láser para fusionar partículas de regolito, y la impresión 3D para construir infraestructura horizontal como plataformas de aterrizaje, caminos y muros de explosión. Además, el regolito se apila mecánicamente o se coloca en voladizo sobre los módulos de habitabilidad para formar una gruesa manta protectora. Sin embargo, aún no se ha planeado una estrategia clara para la agricultura lunar. Por el momento, la NASA solo planea expandir las capacidades logísticas de extremo a extremo para entregar suministros e infraestructuras esenciales, incluyendo alimentos, agua, ropa y piezas de repuesto.
Establecer una presencia permanente en la Luna depende completamente de la progresión lógica de su arquitectura. Al avanzar sistemáticamente desde la recolección de datos robóticos hacia hábitats móviles presurizados y, finalmente, a estructuras fijas protegidas por regolito, el puesto avanzado transita de un refugio temporal a una instalación semi-permanente. La integración de recursos locales a través de la impresión 3D y la sinterización demuestra que la viabilidad a largo plazo de la arquitectura lunar se basa en uno de los principios más antiguos de la arquitectura: usar el entorno mismo en lugar de resistirse a él. En última instancia, las lecciones aprendidas de la construcción en el Polo Sur lunar establecerán las bases necesarias para expandir la habitabilidad humana más allá en el sistema solar.

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