En 1999, tras siglos vertiendo sus aguas fecales a la bahía de Algeciras, Gibraltar transpuso la Directiva 91/271/CEE de tratamiento de aguas residuales urbanas. Era algo histórico, algo sin precedentes, algo que marcaría el futuro de la comarca.
Acto seguido, el Gobierno del Peñón hizo algo totalmente inesperado: absolutamente nada.
Ahora, una investigación de Rachel Salvidge para The Guardian ha puesto en evidencia algo que todos sabían en la zona: que a pocos meses de la entrada en vigencia del Tratado UE-Reino Unido, la ciudad no está preparada para cumplir las obligaciones medioambientales europeas. Ni parece que vaya a estarlo.
Espera, ¿cómo que no tiene depuradora? Es decir, ¿cómo es posible que un punto estratégico del calado de Gibraltar no tenga una infraestructura básica que cualquier municipio europeo de 40.000 habitantes tendría más que resuelta?
La respuesta es curiosa. Por un lado, por problemas técnicos: a diferencia de cualquier infraestructura estándar, la red llanita usa agua del mar para los retretes e inodoros. No es el único sitio donde ocurre esto (lugares como Hong-Kong o la isla californiana de Santa Catalina también lo hacen), pero la realidad es que complica bastante el tratamiento biológico.
Por el otro, tampoco es que no lo hayan intentado. En los últimos 25 años, Gibraltar trató de poner en pie dos adjudicaciones que no consiguieron ejecutarse. Además, por si fuera poco, el último intento (financiado por el Banco Europe de Inversiones) coincidió con el Brexit y dejó el proyecto sin fondos.
Además, los problemas no se reducen a Gibraltar. De hecho, la Comisión también ha abierto expedientes por la Línea de la Concepción dejando en evidencia que el problema de gestión de residuos estaba a ambos lados de la verja. No obstante, los esfuerzos españoles han mejorado la situación por este lado: Gibraltar, más allá de un sistema de cribado y desbaste, no ha podido.
Y todo esto es preocupante porque el impacto se concentra en una de las zonas más singularidares del Mediterráneo occidental: el único corredor con el Atlántico, un hábitat insustituible para delfines comunes, mulares y marsopas comunes y una ruta migratoria estacional clave para la ecología marina.
¿Y no tiene solución? Desde junio de 2025 hay otro proyecto en marcha, pero la empresa tenía cinco años para ponerlo en marcha. O sea, que en el mejor de casos los sistemas no están ni cerca de ponerse en marcha: y nadie tiene ni idea de si, con la entrada en vigor de una normativa europea más estricta, la planta va a conseguir reunir los estándares.
Mientras tanto, la Punta de Europa seguirá como hasta ahora: siendo un paraíso natural que oculta un tubería llena de residuos de más de 30.000 personas. La carrera contra el reloj, en realidad, acaba de empezar.
Imagen | Michal Mrozek
