Febrero de 2006. Un temporal azota la Costa da Morte, ese tramo de litoral gallego bautizado así por acumular siglos de naufragios. Cuatro portacontenedores navegan cerca de Bergantiños. El mar les arranca parte de la carga. Lo primero que llega, 40 maquetas de barcos que encuentran dos pescadores en la playa de Arnado. Solo es el aperitivo: en los días siguientes, el reparto llegó hasta Razo, Soesto, Traba y Laxe, y también hasta A Hermida y A Barda, en Corme, y Cambre y Barizo, en Malpica. Y llega de todo.
De impresión. En Leira, Carballo, un contenedor entero embarranca entre las rocas. Dentro, impresoras, cientos de ellas. La noticia corre rápido por la comarca. Vecinos de todas las edades llegan con carretillas. Se llevan bolsos, mochilas, ositos de peluche, fundas de portátil, cortinas de baño, comida oriental. Nadie piensa en la humedad ni en el salitre. Dos meses tarda la naviera en retirar el contenedor vacío. Para entonces, las impresoras ya decoran salones de media comarca.
En Galicia esto tiene nombre propio: «as crebas». En castellano, los objetos que el mar devuelve tras un naufragio. El concepto es tan popular que el museo de la Xunta le dedicó una exposición entera en 2021. Y viene de lejos: ya en el Fuero de Tuy de 1250, Fernando III reguló qué parte de un naufragio correspondía al rey y qué parte a los vecinos de la villa. No tiene nada de malo: siglos de costa gallega vivieron, en parte, de lo que el Atlántico dejaba en la orilla: madera, telas, aparejos, alguna vez oro. En 2006 dejó tóner y unos cuantos USB.
Perder contenedores y acostumbrarse. Antes de que existieran cifras fiables, el cálculo a ojo hablaba de 10.000 contenedores perdidos cada año. El World Shipping Council cuenta la cifra real desde 2008 y la rebaja mucho: la media histórica ronda los 1.300. En 2025 la cifra saltó a 1.478, empujada por el hundimiento de un buque frente a la India. De los 280 millones de contenedores que cruzan los océanos cada año, más de 20.000 han caído por la borda en la última década y media. Hablamos de una carga valorada en más de siete billones de dólares, pero es apenas un 0,0005%.
Galicia está acostumbrada. En diciembre de 2023, el buque Toconao perdió cinco contenedores frente a Portugal. Uno cargaba 26 toneladas de pellets de plástico, las llamadas lágrimas de sirena, que tapizaron después la ría de Muros e Noia. Cada saco pesaba 25 kilos y podía contener unos 1,25 millones de bolitas. Es decir, más de 1.000 millones de micropartículas por saco. Asociaciones como Noia Limpa empezaron a registrar sacos flotando, pero esta «marea blanca» —como la definió Greenpeace— se extendió por más de 30 playas de Galicia, Asturias y Cantabria. De hecho, llegó a compararse con la “marea negra” del Prestige, que en 2002 liberó 78.000 toneladas de fuel frente a las mismas costas. En marzo de 2025 le tocó al MSC Houston, que atracó en Vigo con parte de la carga colgando tras un golpe de mar frente al sur de Portugal. En enero de 2026, el María Francisca repitió la maniobra tras otro temporal en aguas de Aveiro.
La culpa es de las corrientes. La ruta que une el norte de Europa con el Mediterráneo y el canal de Suez pasa pegada a esta esquina del Atlántico, justo donde chocan los peores temporales de invierno. Mucho tráfico y mucho oleaje forman una combinación previsible: cuantos más barcos cruzan ese punto castigado, más contenedores acaban en el agua.
Por ejemplo, el oceanógrago Curtis Ebbesmeyer se hizo célebre rastreando 80.000 zapatillas Nike perdidas en 1990 entre Corea y Estados Unidos —las del pie derecho y las del izquierdo aparecían en playas distintas— y los 28.000 patitos de goma del vertido de 1992 que inspiraron el libro Moby-Duck. Así nacieron los Friendly Floatees, patos de goma convertidos en papel milimetrado del océano, avistados durante años desde Alaska hasta el Ártico.
En 1997, un contenedor perdido frente a Cornualles liberó cinco millones de piezas de Lego; un estudio posterior de Plymouth calculó que algunas podrían tardar 1.300 años en degradarse en el mar. Eran los 62 contenedores del buque Tokio Express. Todavía hoy siguen apareciendo restos como botes y chalecos salvavidas. Es más, miles de cartuchos de tinta HP estuvieron apareciendo durante años en playas de Reino Unido, Irlanda, Francia, Portugal y las Azores. Una tormenta de finales de 2014 tuvo la culpa. Se perdieron unos 370.000 cartuchos, de los que normalmente solo se recupera en playas un 3%, lo que arrojaría del orden de 10.000 hallazgos. Una vecina de la zona, Tracey Williams, construyó una comunidad entera alrededor de la búsqueda.
Por qué caen si están bien sujetos. Se llama balanceo paramétrico: un barco cargado de contenedores encuentra un oleaje con un periodo similar al de su propio balanceo, entra en resonancia y las torres de cajas, ancladas solo por esquineras y varillas, ceden por los lados. Pese a los avances de la ingeniería naval, el fenómeno sigue causando pérdidas hoy: en enero de 2026, un buque que cubría la ruta Lisboa-Liverpool tuvo que refugiarse en Vigo tras perder parte de su carga por esta misma razón.
Nadie en Carballo montó un estudio de deriva oceánica porque ya se la saben. ¿Y quién paga? Por ley, la carga sigue perteneciendo a la naviera —que no es responsable— y al remitente hasta que alguien renuncia a ella o expira el plazo legal de reclamación. Pero nadie reclamó todas aquellas impresoras sembradas y topándose con veinte kilómetros de acantilado. La aseguradora asume la pérdida, sube la prima del siguiente cargamento y el ciclo sigue.
Imágenes | J. M. Casal (La Voz de Galicia) / Edición propia