Home technologyMientras miramos a Oriente Medio, el Ártico se ha convertido en el escondite del mayor desafío de Rusia a la OTAN: Borei y Yasen

Mientras miramos a Oriente Medio, el Ártico se ha convertido en el escondite del mayor desafío de Rusia a la OTAN: Borei y Yasen

by markoflorentino@icloud.com


Uno de los mayores temores de las marinas occidentales no era un ataque directo, sino algo mucho más inquietante: no saber dónde estaba el adversario. Esa sensación se hizo especialmente evidente cuando, en plena Guerra Fría, un submarino soviético logró seguir a un grupo naval estadounidense durante días sin ser detectado, demostrando que en ciertos escenarios el verdadero poder no está en golpear primero, sino en permanecer invisible el tiempo suficiente.

No se ve, pero no se detiene. Contaban en un extenso reportaje en Bloomberg que, a cientos de metros bajo una montaña en el norte de Noruega, la OTAN vigila sin descanso un tablero que no aparece en los titulares diarios, pero que nunca ha dejado de estar activo. 

Mientras la atención global se centra y con razón en conflictos más visibles, en las profundidades del Atlántico Norte se desarrolla una competición constante por detectar, seguir y no perder de vista a los activos más sensibles del adversario. Es, si se quiere, una vigilancia silenciosa, técnica y permanente, una donde el margen de error es mínimo y donde la ausencia de noticias no significa, ni mucho menos, ausencia de actividad.

El Ártico como epicentro estratégico. Como decíamos, aunque el foco político y mediático se ha desplazado irremediablemente hacia Oriente Medio, el verdadero pulso entre Rusia y la OTAN se está desplazando cada vez más hacia el Ártico, a miles de metros bajo el mar en un entorno que combina aislamiento, profundidad y condiciones extremas que dificultan cualquier seguimiento. 

Esta región, que durante años fue vista como periférica, ha recuperado su centralidad por la apertura de nuevas rutas, recursos y, sobre todo, por su valor militar como espacio de tránsito y ocultación. En este escenario, el hielo y la geografía, más que obstáculos, son aliados naturales para quien sabe aprovecharlos. Y Moscú lleva ventaja.

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Ceremonia de bienvenida al submarino nuclear «Alexander Nevsky», de la clase Borei K550, en la base permanente de Vilyuchinsk

Borei y Yasen: el desafío ruso. El corazón de esta estrategia lo forman los submarinos de nueva generación desplegados por Vladimir Putin, especialmente las clases Borei y Yasen, diseñadas para operar durante largos periodos sin ser detectadas y capaces de portar armamento estratégico. 

Aunque no siempre igualan a sus equivalentes occidentales en sigilo, recordaban en Bloomberg que lo compensan con tácticas adaptadas al entorno ártico, como operar bajo la capa de hielo o protegidos por otras unidades, lo que complica enormemente su localización. Quizás por ello, para la OTAN el mayor riesgo no es su presencia, sino más bien el momento en que dejan de estar bajo control.

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K-560 Severodvinsk

Una persecución constante. Lo hemos contado antes. Durante décadas, el punto clave para detectar estos submarinos era el conocido corredor GIUK, entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido, pero los avances tecnológicos y operativos han empujado esta especie de caza hacia latitudes más altas. 

Ahora, el objetivo es interceptarlos antes de que abandonen las aguas relativamente poco profundas del mar de Barents y se adentren en zonas donde pueden desaparecer con mayor facilidad. Esta evolución ha obligado a reforzar la cooperación entre aliados y a desplegar sistemas de vigilancia cada vez más sofisticados.

Europa en la sombra. Ocurre que, ante la incertidumbre sobre el compromiso a largo plazo de Estados Unidos, los países europeos están aumentando su implicación en esta vigilancia, con Noruega como pieza central y socios como Reino Unido, Alemania o Canadá reforzando capacidades y coordinación.

El resultado de ello se ha traducido en nuevas adquisiciones, ejercicios conjuntos y despliegues avanzados, movimientos todos que reflejan una transición en la que Europa intenta asumir más responsabilidad en su propia defensa, especialmente en un entorno tan crítico como el Ártico.

Una nueva Guerra Fría bajo el hielo. Sí, porque el resultado nos acerca a un escenario que recuerda cada vez más a la (i)lógica de la Guerra Fría, pero esta vez con la diferencia de que ahora hay herramientas mucho más avanzadas y un contexto geopolítico completamente diferente

La flota del norte rusa, modernizada y prioritaria dentro de su estructura militar, representa una de las principales capacidades de disuasión del Kremlin, especialmente a medida que sus fuerzas convencionales muestran debilidades en otros frentes. Y en ese equilibrio inestable, el Ártico parece consolidarse como una suerte de “escondite perfecto”, un lugar donde el mayor desafío de Rusia a la OTAN no se anuncia, simplemente está ocurriendo bajo la fría capa de hielo. 

Imagen | NDUP, Mil.ru

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