Descripción enviada por el equipo del proyecto. En diversas ciudades mexicanas, el agua potable no ha desaparecido de la vida pública; solamente ha sido reorganizada por una economía de sustitución. Llega en pipas, en botellas de plástico, en garrafones de veinte litros, a través de tinacos, filtros domésticos, purificadoras, repartos informales y rutinas de almacenamiento que convierten el acceso de la misma en una práctica cotidiana calculada. Lo que se presenta como una falla de la red también ha generado una cultura espacial y económica en la que la responsabilidad recae en los hogares, y muchas veces en aquellos individuos que cargan, compran, limpian, desconfían y administran el agua antes de que pueda consumirse.