Home technologyAndreas Prins, experto en soberanía digital: «El sentimiento es uniforme: ya no confiamos en los hiperescaladores de EEUU»

Andreas Prins, experto en soberanía digital: «El sentimiento es uniforme: ya no confiamos en los hiperescaladores de EEUU»

by markoflorentino@icloud.com


Hace varias semanas, EEUU ordenó a Anthropic suspender el acceso a Fable 5. Poco después el modelo volvió a estar disponible (aunque con cambios), pero este evento sirvió para algo más: hacer tangible una amenaza de la que Europa llevaba años hablando en abstracto. Hemos hablado con Andreas Prins, director global de Soluciones Soberanas de SUSE y experto en soberanía digital, sobre lo que ese episodio revela de la dependencia tecnológica europea, y de por qué la respuesta política sigue yendo por detrás del problema.

El detonante de Fable 5. La suspensión de Fable 5 y Mythos, los modelos más potentes de Anthropic, marcó un antes y un después en materia de soberanía digital. Según Prins: «El movimiento más interesante que surgió de esto es la toma de conciencia por parte de las empresas. A menudo hablábamos de soberanía, resiliencia digital e independencia, pero nunca al nivel de que un gobierno retire de forma efectiva un software (…)  la gente de repente se dio cuenta de que la dependencia es real.»

Prins, que trabaja para una de las mayores empresas de infraestructura de código abierto, dice que las conversaciones con las empresas han cambiado mucho después de este incidente. Los mismos directivos que antes «corrían a implementar Gemini, Anthropic o los proveedores globales como OpenAI» ahora se dan cuenta de que «Probablemente no necesito el modelo más nuevo y espectacular; lo que necesito es un modelo que pueda controlar, que se ejecute en mis propias instalaciones o en mi centro de datos, con software de código abierto que pueda auditar e inspeccionar». 

Aviso a navegantes. Con todo, la suspensión temporal de estos modelos no llegó a causar estragos en las empresas e instituciones europeas por una cuestión simple: eran modelos muy nuevos y no había dado tiempo a integrarlos en procesos críticos. «Si esta suspensión hubiera ocurrido dentro de tres o cinco meses, con las empresas operando sus chatbots, atención al cliente y motores de toma de decisiones basados en estos modelos. El impacto habría sido muchísimo mayor», advierte Prins. En este sentido, este evento funcionó más como «una señal de alerta temprana que una crisis en tiempo real.»

Una cuestión de confianza. La obsesión de Trump de hacerse con Groenlandia hizo que a principios de año las relaciones entre EEUU y Europa se deterioraran a marchas forzadas. Europa empezó a darse cuenta de algo incómodo: EEUU no era el socio confiable que pensaba y que la dependencia tecnológica podía ser un arma de presión. Para Prins está claro: «Es una cuestión de confianza y, si evalúo la soberanía digital en Europa, el sentimiento es bastante uniforme: ya no confiamos en los proveedores ni en los hiperescaladores de EEUU, y por lo tanto queremos construir nuestras propias alternativas». 

La soberanía digital también es una cuestión de resiliencia, es decir, qué puede pasarle a tú negocio si mañana un software deja de funcionar o si deja de recibir parches de seguridad. «La soberanía es fundamentalmente una evaluación de riesgo empresarial más que un tema puramente de TI. Puedes asumir riesgos tecnológicos, siempre que lo hagas de forma consciente», sentencia Prins. 

Un ejemplo tangible. Para ilustrar cómo está cambiando la percepción del riesgo, Prins nos cuenta el caso de una empresa de Países Bajos que tenía su entorno principal en un centro de datos en Frankfurt, gestionado por un hiperescalador, y además un centro de datos bajo el nivel del mar en Países Bajos. La duda era si mantener la infraestructura de respaldo en Países Bajos, donde la rotura de los diques podría causar una inundación y provocar serios daños. 

Tras un análisis de riesgo, llegaron a una conclusión: «El riesgo de inundación por rotura de diques era menor que el riesgo de que un hiperescalador estadounidense desconectara el enchufe para los clientes europeos». Vaya, que se fían más de una estructura que en muchas partes se acerca ya al siglo de vida. 

La situación actual. Europa ya está dando sus primeros pasos hacia la independencia tecnológica. Se ha anunciado el Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica y también está la Cloud and AI Development Act, pero aún estamos en una fase muy incipiente y resulta complicado imaginar una respuesta conjunta de 27 países, cada uno con sus propios intereses. Prins admite que «será difícil». SUSE ha trabajado con Dinamarca, Francia, Alemania y los Países Bajos en la redacción de recomendaciones a la UE, y su lectura es que el desacuerdo no está en el objetivo, sino en la ejecución ya que cada uno trabaja con herramientas distintas. «Para construir una Europa fuerte deberíamos unificar más estas iniciativas y dejar de lado particularidades nacionales, aunque el mercado es lo bastante grande para varios proveedores». 

Al preguntarle sobre qué países están haciéndolo mejor, Prins evita señalar a un único líder y prefiere hablar de especializaciones: «Noruega y Finlandia están dando pasos de gigante en la soberanía aplicada a la industria de la defensa», en Alemania hay estados transformando su infraestructura a gran escala; en España, cita proyectos como Penpot y la alianza reciente de SUSE con OpenChip. Por su parte, Reino Unido «se mantiene más cerca de EEUU por razones obvias».

La importancia del código abierto. Andreas Prins trabaja en una empresa de código abierto, pero defiende que su uso va más allá del interés, sino que es una necesidad: «para alcanzar los niveles de cumplimiento más estrictos que exige la Cloud Act, la única vía viable es el uso de código abierto», afirma. Las ventajas son la auditabilidad, capacidad de bifurcación (forking) y la velocidad de salida, en referencia a «la facilidad para migrar a otro sistema». Lo contrapone con cómo operan los hiperescaladores: «atrapan a los clientes con costes de entrada bajos y mercados complejos, cuyos costes y dependencias a largo plazo suelen subestimarse». 

Al preguntarle por qué este tipo de iniciativas abiertas no han calado en Europa, señala que «no hay que subestimar el poder del lobby de las grandes tecnológicas» y admite que también hay un problema de visibilidad: «Hay excelentes alternativas de código abierto en Europa, pero suelen ser invisibles. Yo mismo me sorprendí al ver el potencial que ya tenemos aquí».

La inacción es el peor escenario.  Al preguntarle qué pasaría si Europa no actúa en los próximos años, Prins dibuja dos escenarios. En el peor de los casos «que las tensiones geopolíticas se calmen temporalmente, dejemos de lado las ambiciones de soberanía y sigamos como hasta ahora». En el mejor de los casos (y en el que más confía): «que figuras como las Oficinas de Enlace de Código Abierto se conviertan en estándar y las empresas prioricen la diversificación de proveedores como factor de riesgo». Y desliza una idea que sugiere que el punto de no retorno ya se ha cruzado en parte del sector público: «Para muchos organismos gubernamentales ya no hay vuelta atrás en este camino».

Europa institucional vs Europa ciudadana. Hace poco el Parlamento Europeo tomó una decisión simbólica, pero importante al eliminar el buscador de Google de todos sus ordenadores en favor de la alternativa francesa Qwant. Sin embargo, una cosa es que den pasos las instituciones y otra que cale en la ciudadanía. ¿Renunciarán los europeos a herramientas como Google o ChatGPT? Prins lo tiene claro, salvo que haya un bloqueo: «Honestamente, no. Habrá excepciones, como los entusiastas de Linux o personas muy metidas en el sector que ya usan Signal o Telegram, pero para la gran mayoría manda la comodidad. Si está en un mercado fácil con un par de clics, la gente lo usará.»

Imagen | SUSE

En Xataka | El primer paso hacia la «soberanía tecnológica» de Europa no es la IA ni los semiconductores: son los cables submarinos



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