
El espacio público suele concebirse para ser percibido como universal, pero su acceso se experimenta de manera desigual. Para muchas mujeres, desplazarse por la ciudad implica una evaluación constante de la exposición, la visibilidad, la proximidad a otras personas, la iluminación, el acceso al transporte, las rutas de escape y la probabilidad de sufrir acoso. Estos cálculos están determinados tanto por condiciones espaciales como sociales. La seguridad es una cuestión de forma urbana, mantenimiento, movilidad, gobernanza y distribución de la inversión pública. Si bien el entorno construido puede no ser la causa directa de la violencia de género, sí puede intensificar la vulnerabilidad y normalizar la desigualdad en el acceso, especialmente a los espacios públicos.
Para los/las arquitectos/as y planificadores/as, existe una distinción fundamental entre diseñar para la vigilancia y diseñar para la seguridad cotidiana. Las estrategias de vigilancia tienden a centrarse en el control, la presencia policial y la gestión del movimiento, mientras que la seguridad cotidiana depende de si las personas pueden ver y ser vistas, si las rutas son claras, si los espacios públicos fomentan actividades durante todo el día y de qué manera se sostiene su mantenimiento a largo plazo. El rol del diseño es transformar las condiciones en las que se desarrolla la vida pública.
