Llevamos dos semanas hablando del hantavirus en Europa y el guión se va complicando. Ya no son solo los tres muertos, las rechazo del presidente de Canarias, las evacuaciones aéreas a Nebraska o los decretos de emergencia franceses. Ahora, en las últimas horas, se suma lo del avión.
Y es que el Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya investiga un tercer caso: una pasajera del vuelo KL592 que no apareció en el primer rastreo porque había cambiado de asiento durante el vuelo.
Lo importante aquí no es el virus. Nunca lo ha sido: los hantavirus se conocen desde hace décadas, la variante Andes lleva dando guerra desde hace años y la propia OMS califica el riesgo poblacional como bajo.
Lo importante es la radiografía que traza todo sobre nuestro sistema internacional de control epidemiológico. Y menudo cuadro…
La forma en que se ha detectado este brote (una autopsia en Johannesburgo y no por protocolos de vigilancia activa), los fallos del rastreo (unas treinta personas desembarcaron antes de que existiera alerta) y la respuesta heterogénea de los distintos estados están dibujando el primer «test de estrés» serio para un mundo que decía estar preparados para el mundo post-COVID.
Pero no lo estaba. Pese a que la respuesta está siendo buena, efectiva y digna de elogio, hay tres grandes huecos que no podemos ignorar: cómo se rastrean las enfermedades en un mundo cada vez más complejo, qué pasa con la red de cooperación sanitaria internacional (cuando hay gente tratando de desmontarla activamente) y cómo es posible que un cambio de asiento pueda ser, todavía hoy, suficiente para perder a un contacto.
Al final, lo que diferencia este brote de el de El Bolsón en el 96 o el de Epuyén en 2018 es que, además de afectar a un grupo considerable de occidentales, ha generado un enorme reguero de casos a nivel internacional.
No hay que olvidar que el primer fallecido del barco murió el 11 de abril y nadie identificó la causa hasta tres semanas después. De hecho, la detección ha tenido mucho que ver con el azar: si no llega a ser por la autopsia que en Johannesburgo le hicieron a su mujer, nadie se hubiera enterado hasta mucho tiempo depués. Eso permitió que más de treinta personas salieran del barco y se movieran por el mundo.
¿Y cómo es eso de que hemos ‘desaprendido’? El mejor ejemplo es el sistema de rastreo trasfronterizo de la UE que, aunque tiene muchos dispositivos técnicos y jurídicos, está hibernando desde 2026. Pero hay muchos más, ningún país tenái protocolos actualizados para un virus que, recordemos, estaba causando problemas en una de las áreas metropolitanas más grandes (e interconectadas) del hemisferio sur.
Y eso debe llevarnos a reflexionar sobre cómo nos vamos a preparar para un mundo donde este tipo de problemas van a ser cada vez más y más comunes.
Imagen | Ministerio de Sanidad
